miércoles, 22 de febrero de 2012

Una digresión




Ranqueles y tobas

Suponer unas islas naturalmente argentinas implica soslayar en primer término un continente entero sobre el que Europa, para el caso, no tenía derecho alguno. Preguntemos a los desplazados por Pizarro o por Cortez cuánto les importaban las ventajas de asimilarse a la nación de sus verdugos. Pero también preguntemos luego cuánto les importaba a los desplazados por Roca o por la caballería y la fiebre del oro estadounidenses integrarse a las nuevas naciones independientes.

Detener la revisión (el pensamiento) en la graciosa concesión de un acuerdo entre dos reinos imperiales —el tratado de San Lorenzo el Real, una mera repartija entre intrusos insólitamente tomada por valedera al amparo de la jurisprudencia colonialista— es, cuando menos, hipócrita. ¿De dónde, sino de la mera fuerza, obtendrían España o Inglaterra, Portugal, Francia u Holanda (constituidas como reinos a través de guerras, sojuzgamientos y componendas políticas) legitimidad para ocupar otra cosa que sus propios territorios? El derecho de la Argentina con relación a las islas proviene en definitiva de un derecho previo que Francia y España se arrogaron solas. La Independencia heredó una usurpación.

Por lamentable que sea, el tiempo legitima las conquistas: no hubo jamás otro modo de expansión entre la especie humana. Y por lamentable que sea, las ocupaciones siempre se combatieron con la fuerza (no necesariamente bélica) impulsada por el deseo, no por el derecho.  

Con el criterio farsante del anticolonialismo, escupamos en las Américas el español, el inglés, el portugués y el francés, junto con todo monoteísmo; y que media Europa rechace la herencia derivada de la dominación romana; que media Asia resista la cultura impuesta por la otra mitad de Asia, etc.
Hilemos más fino, y condenemos de paso la dominación o el exterminio de etnias vernáculas menos poderosas a manos de los aztecas o los incas.
Y ya que estamos, si vamos a obviar procesos, reivindiquemos como argentino el territorio completo del Alto Perú, incluida la Banda Oriental.

Nada de esto resulta ennoblecedor, y es más que discutible lo de fijar un punto temporal caprichoso para teñir de ética un reclamo, acomodando el comportamiento atávico de la especie a la conveniencia coyuntural de un grupo. Esto, claro está, se aplica también a la razón británica, igualmente endeble. La idea de nación embellece un pólemos esencial para hacerlo moralmente tolerable a la tribu.

Si hemos de ser coherentes en nuestro plano local,  devolvamos la propiedad a los pobladores originarios (o a sus descendientes) tan mentados y vapuleados por la caricia vacía bienpensante, dejemos de circular por las autopistas de Cacciatore, volvamos a Castilla, Galicia y los Pirineos, a Nápoles y a Calabria, y olvidemos estas costas.

Si existe algún modo de avanzar en términos evolutivos, no será ignorando o encubriendo las pulsiones que, hasta el presente, nos caben a todas las sociedades.
Aún seguimos cantando gestas de guerra. Está, o parece estar, en nuestra naturaleza.
Keops, Giseh, la Gran Muralla, catedrales, palacios, castillos, fortalezas y tantas obras humanas que nos llenan de admiración se edificaron con el sudor de esclavos manifiestos o de albañiles engañosamente libres. Y cuando podemos, pagamos un pasaje para ir a visitarlas y regresar con fotos en las que el sudor o la sangre de su origen no aparecen.


No hay comentarios: