Mostrando entradas con la etiqueta poco templarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poco templarios. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de febrero de 2010

Poco Templarios


Si alguna vez lo supe, lo olvidé. Supongo que la creencia beata en que la autoridad del catolicismo debía descender graciosamente desde la teología a todos los campos del conocimiento llevó a mi madre a inscribirme en el colegio Marianista, tal como antes lo hiciera con mi hermano. De hecho, a la misma distancia de mi casa había otras dos o tres escuelas de relativo prestigio. Aún hoy, de tanto en tanto, paso por Caballito y veo que el Marianista ganó claramente la batalla de la primacía. Se amplió hasta la esquina de la calle Emilio Mitre y amenaza con evangelizar todo el barrio. Sé que la decisión no fue de mi padre; creo que mi padre tenía una cortés indiferencia por la Iglesia e incluso por la otra vida. Como sea, mi intención es refutar la fe de mi madre.

Aunque creada por un religioso francés poco después de la Revolución, la Compañía de María se hizo fuerte en España, siempre afecta a enviar adelantados y frailes allí donde se huela abundancia. Así, en la década del sesenta, la gran mayoría de los maestros y profesores del colegio emplazado en Buenos Aires eran peninsulares. Y aunque no se trataba en rigor de sacerdotes sino de hermanos o congregantes que asumían tareas pastorales, la mente infantil sólo podía entenderlos como curas. Sobre todo, cuando nos explicaban las causas técnico-administrativas por las que no eran curas. Como siempre advirtieron las cofradías, Escrivá de Balaguer, Rudolf Steiner y algunas embajadas, es esencial predicar desde los claustros.

En aquella época, para la división B, la primaria implicaba pasar por la ordalía de los señores Drago, Fuertes y Ruíz (no recuerdo, en la infancia, sensación más ominosa que sentarse en el pupitre, al comienzo de cada año, frente a un nuevo maestro con fama de severo), los remansos de los señores Contreras y Merino, las clases de música del señor Revé, las clases de inglés del señor Villapún, y las visitas mensuales de los sucesivos directores, los señores Ochoa y Eguía. Era, junto con otros nombres que ya no recuerdo, un plantel sabiamente organizado para administrar, de manera oportuna y alternada, terror y clemencia. Los señores Drago y Fuertes, ambos laicos, de sendo aspecto castrense, capaces de convertir tizas y borradores en armas arrojadizas casi tan humillantes como el puntero; el señor Ruíz, un hombre parco, enjuto y seguramente desdichado, que manejaba con maestría el tono bajo para intimidar como un monje admonitor; y el señor Eguía... Por lo que a nosotros nos tocaba, la tarea del director consistía en visitar mensualmente cada aula para leer en voz alta las calificaciones de los alumnos y emitir una especie de sentencia, redentora o condenatoria. Abrita, Alvarez, Amalfitani. . . Así, por estricto orden alfabético, el señor Eguía subía o bajaba el pulgar. Hoy, a la distancia, veo que su dominio escénico de las pausas era impecable: “Abrita. . . conducta: cinco. . . religión: cinco. . . matemáticas: cinco. . . naturaleza: cu-atro. . . ¿qué hacemos?. . . Abrita. . . ¿qué hacemos?. . . Hay que aplicarse, Abrita. . . Sentado.” Pero estaban también la jovialidad del señor Contreras o la abierta bonhomía del señor Ochoa. Y la confirmación de que nada era casual, sino parte de un plan inteligente, era la presencia del señor Villapún. Sin duda, la misión del señor Villapún era concentrar en su persona todo el ridículo –y todo el escarnio– de la congregación, como un Cristo de entrecasa. Se decía que, en el pasado, había sido cocinero de la orden. Al parecer, pronto advirtió que, a cambio de un siempre relativo celibato y de una instrucción más que elemental, podía trabajar de modo más descansado que entre las ollas, asegurándose casa y comida, incluido el vino del almuerzo. Dueño quizás de un metro cincuenta de altura, su voz era el epítome de la afonía y se declaraba amante del chas (que era su forma de decir jazz) y de los buenos cigarros, aunque no estaba bien visto que los hermanos fumasen. Algún espíritu bromista lo propuso como profesor de inglés. Y ahí estaba el señor Villapún, tratando vanamente de asustar a los alumnos y pretendiendo que repitiéramos: de pensil is yelou, de pensil is yelou. En su descargo, debo decir que era un excelente jugador de fútbol. Porque ésa era otra estrategia del colegio: agotar los cuerpos de todo el mundo, maestros y alumnos, con un exigente regimen de deportes, para evitar cualquier ejercicio más solitario y lascivo.

Para cuando llegué a séptimo grado, ya me era bastante obvio que la enseñanza prodigaba algunas incongruencias.

No importaba para el relato de Isaac, ni para Juan de Garay; y no importaba, desde ya, en los dictados ni la aritmética; casi tampoco importaba en el virreinato del Río de la Plata. Pero era extraño aprender historia argentina con acento realista. Era extraño, en los actos, escuchar el himno nacional entonado desde el micrófono por el señor Revé, con porte de Moscardó. Era extraño porque era extraño, y porque el himno argentino era infrecuente - el himno a Sarmiento fue directamente ignorado; no así Aurora, quizás por su innegable compás de habanera. Y digo Moscardó por uno de los libros de bolsillo –recomendado sin el menor tapujo– que podíamos comprar en un kiosko ubicado entre dos patios: ¡El Alcázar no se rinde! Me avergüenza admitir que lo leí con entusiasmo, pero me jacto de haber comprado también, a modo quizás de una protesta intuitiva, un folletín absurdo infiltrado en aquel catálogo pío: Brahma, Shiva y Vishnú, lleno de ilustraciones heréticas. Cualquier ocasión, en cambio, era propicia para cantar el himno del colegio: Colegio Marianista / nido de nuestra ilusión / faro que siempre diriges / con tu vivo resplandor. / Avancemos, que nuestro es el mañana; / gloria y triunfo nos guarda el porvenir; / si nos guía la Virgen Capitana, / ¿quién podrá nuestro empuje resistir? Me exige un esfuerzo grande no ironizar sobre la potencia del faro. En fin, hasta el día de hoy tiendo a asociar el cruce de los Andes con una gesta pirenaica, y el Cabildo del 22 con una escena de Torquemada.

Pero las zetas y las ces eran perfectas para la instrucción religiosa. A la hora del catecismo, la inflexión castellana parece mucho más propia que el tono rioplatense. Cuando se es niño, es mucho más serio y convincente escuchar que Cristo dijo Yo soy la luzzz del mundo y no Yo soy la lusss del mundo, o peor aún, Yo shoy el que shoy, lo que nos haría pensar en un Cristo con el antebrazo izquierdo tostado y una mirada más torva. Por otra parte, la fecundación de Sara, la partición del Mar Rojo, las virtudes de David y la concepción sin pecado son más creíbles en español recoleto que en cordobés vernáculo.

Las clases de religión –y todas las demás– funcionaban en tandem con la misa obligatoria. Por suerte, llegué a conocer la misa en latín, matizada con algo de griego y algunos cantos toscamente gregorianos. Pero los aires de renovación irrumpieron con furia y un día, de golpe, nos enteramos del argumento. En mi caso, sentí que la magia se había roto. Años más tarde, me ocurriría algo similar al entender lo que decían las canciones londinenses. La verdadera debacle, sin embargo, tomó cuerpo después, cuando se incorporó a la liturgia un dúo o trío de jóvenes con una o dos guitarras y una pandereta arrítmica, entonando algún tipo de alabanza con la música de Blowin´ in the Wind. Con el tiempo, la melodía mutaría, tomando sucesiva y ecuménicamente la forma de distintas canciones erigidas en himno popular, provenientes del peor folklore, de la imaginación tóxica o de las barricadas más coquetas. Ahora, el espíritu carismático es ya irrefrenable y la iglesia romana vira indefectiblemente hacia las aguas payasescas del peor evangelismo.

Sostuve que el acento castellano era perfecto para la instrucción religiosa. Lo que no era perfecto era la instrucción religiosa. Si algo nos retacea la vida, son las respuestas. Por supuesto, primero hace falta tener preguntas. Tiendo a creer que, enamorados de las respuestas a priori, los teólogos omiten ese detalle. Supongo que, en el transcurso de los siglos, fueron internándose de a poco en un berenjenal y no encontraron una manera sencilla de salir. Con siete años de formación católica y casi cincuenta de vida, sigo sin imaginar la apariencia ni la función específica del Espíritu Santo.


¡Ala, Gambolini! ¿Qué son esas mechas?, me preguntó una fría mañana de invierno el Sr. Villapún, tironeándome del cabello con cierta delectación. Sería inexacto decir que el Sr. Villapún era “malo” o intimidante, como el Sr. Ruíz, o pavoroso, como el Sr. Eguía. Esencialmente, el Sr. Villapún era ridículo. Su escasa altura, su pelo crespo y su nariz rojiza contenían el aleph de todos los almacenes porteños, y, por lo tanto, su autoridad tenía una clara propensión a lo grotesco. Gritaba, es cierto, y terminaba consiguiendo que nos calláramos, pero el silencio era más bien un pacto, una condescendencia de los alumnos. Sus coscorrones se temían -y se esquivaban- como el coscorrón de una tía. ¿Está siguiendo los pasos de su hermano?


Los pasos de mi hermano eran inciertos. En principio, tengo el nítido recuerdo de una sensación absolutamente real y concreta: yo nunca sabía con certeza si mi hermano Luis -mi único hermano, cinco años mayor que yo- estaba o no estaba en el colegio. Ajeno a cualquier modelo de nirvana, su karma era un ciclo continuo, un eterno retorno de expulsiones y reincorporaciones. Su presencia como alumno regular era una posibilidad más bien aleatoria, o acaso estacional. En otoño sí, en primavera no. Su adolescencia y su juventud parecieron perseguir un fin único y excluyente: avergonzar a mi madre e indignar a mi padre. Para mí, era un orgullo que fuera uno de los primeros cultores de la música eléctrica argentina. Para mis padres no. Para los vecinos de mi edificio tampoco. Decidió cultivarla desde la batería. Pero la música, como el yoga, el deporte o la dieta naturista, es una forma de vida: mi casa era una eterna galería de jóvenes poco vistos, por decirlo de algún modo. Hasta el día de hoy, ignoro dónde compraban la ropa. A veces, en calidad de mascota, me permitían presenciar las improvisaciones que diariamente tenían lugar en nuestro cuarto y que terminaban poco antes de que mi padre volviera del trabajo. En el transcurso de la tarde, invariablemente, mi madre abría la puerta confundiendo la fuente de aquel humo, pensando las disculpas que ofrecería a los del segundo B, a los de la planta baja y los del sexto A, y tratando de imponer algún límite:
—Chicos, ¿quieren un café con leche?

La madre árabe es como la madre judía, pero sumisa. La función de mi padre, un respetable abogado y funcionario público, consistía en ir periódicamente a sacar a mi hermano de alguna comisaría.

La alusión del Sr. Villapún —otra muestra de su torpeza— estaba totalmente fuera de lugar, porque, para cuando me lanzó aquel dardo, mi hermano había resuelto afeitarse la cabeza casi hasta el cerebro, y lucía un cráneo del todo inmaculado. Suspicaces, los profesores encontraron su calvicie igualmente ofensiva. No recuerdo el motivo, pero, en un acto, tuve que leer o decir algo desde el balcón terraza interno que hacía habitualmente las veces de palco. Todo el mundo estaba formado en el patio principal. Entre todas las cabelleras se distinguía, conspicua, la gorra de mi hermano.

No obstante, le debo a Luis una eterna gratitud. Su mera existencia me dotó de una libertad y un crédito infinitos: por comparación, a ojos de mis padres, cualquier canallada que yo hiciera, tanto en el colegio como en el barrio, sería recibida casi con alivio. ¿Qué podía hacer yo —que no estuviera penado con el reformatorio— para superar el destrozo de almas y propiedades contiguas, el robo de una casa-quinta (de donde volvió con una escopeta calibre 14, usada para practicar tiro en el baldío de enfrente), los incendios de ascensores en Mar del Plata, la destrucción sistemática de estatuas en las plazas públicas, los escándalos de tipo general y particular (orientados al sexo débil), los arrestos y expulsiones, el hipnótico y martirizante tartamudeo del redoblante? ¿Cuándo, alguna vez, un vecino del edificio le dijo con cierta malevolencia a mis padres otra cosa que: ¡Gerardito es tan distinto. . . ! ?

A los 21 años, mi hermano decidió irse a Europa. En vista de su presente, partió con la idea de coleccionar divorcios. Con el alma deshecha, el día que fuimos a despedirlo al puerto mis padres se consolaron, sin duda, pensando que la siguiente reunión de consorcio sería más llevadera.


La historia y la cultura han vuelto casi imposible concebir el mar sin pensar en los barcos o las pampas sin pensar en el caballo y en la sombra de un árbol; del mismo modo, es casi imposible concebir un colegio religioso sin pensar en los campamentos. El matrimonio entre estas dos ideas es mucho más indisoluble que el vínculo entre dos cuerpos o dos fortunas. Básicamente, un campamento es la oportunidad de llevar a cabo, sin reservas, una serie de actividades idiotas. Cuarenta, cincuenta, cien jóvenes con linternas jugando de noche a buscar un tesoro (por ejemplo, un rosario escondido en el hueco de un árbol), haciendo fogones, corriendo carreras de embolsados, carreras a caballito, ensayando infinitas variaciones de la mancha, compitiendo por la carpa mejor tendida, la vajilla mejor lavada, cantando canciones levemente pícaras con la sensación de estar subvirtiendo los círculos de Dante, apagando fogones y dando gracias a Dios por un eterno guiso incomible. Todo esto, y casi hasta las mismas urgencias corporales, coordinado por el ritmo omnipresente de un silbato: el silbato es el alma mater de cualquier campamento. Quien haya conocido alguna vez su efecto mesmérico apreciará la nostalgia de este comentario. Un padre, una madre, un silbato. . . Sólo había dos cosas que podían redimir la fatal estupidez de un campamento: la lluvia y el fútbol. La lluvia, por su capacidad de frustrar los programas previstos y por el poder eficaz del barro para burlar cualquier esperanza de orden o de aseo. Si adquiría además un tono bíblico, podía incluso obligarnos a regresar, o al menos a ingerir comida enlatada. Y excluyo el fútbol de la lista de actividades inútiles porque correr detrás de la pelota y poder humillar, patear o mofarse de alguien era claramente más creativo y gratificante que destacarse por enrollar una bolsa de dormir.

Los campamentos, sin embargo, no eran inocentes. Sospecho que funcionaban como una primera instancia de reclutamiento futuro, mostrando la emocionante vida que podía esperarle a un seminarista devenido de pronto, por obra y gracia de la Providencia, en entertainer y excursionista experto: predicar y dirigir aquellos juegos. Y la misma inteligencia que se advertía entre bambalinas sacó otro as de la manga. Sin que nadie, o casi nadie, se hubiera dado cuenta hasta ese momento, poco a poco nos fuimos enterando de que, periódicamente, había otros campamentos, pero no en las vacaciones de invierno, ni en semana santa, ni para todo el que quisiera padecer esa diversión. Eran campamentos un tanto esotéricos, iniciáticos, para los boy scouts del colegio. Insisto en que, hasta mi último año de escuela primaria, jamás había escuchado que hubiera scouts en el colegio. Un día, por fin, los vimos formados en el palco, durante un acto, portando un estandarte y luciendo sus trajes cívico-policiales. Eran alumnos del secundario. Por mi parte, no le di la menor importancia al asunto y continué mis estudios y mis recreos con toda normalidad. Hasta una tarde en que, en forma perentoria y enigmática, me ordenaron presentarme en un aula que no era la mía, junto con dos o tres compañeros. Naturalmente, esperábamos una sanción o una reprimenda por algo que hubiéramos hecho (a esa altura de mi formación, mi conducta ya no era tan dócil –sin querer compararme con mi hermano– y empezaba a disfrutar las contestaciones irreverentes). Lejos de ello, pronto supimos que nos habían elegido como aspirantes involuntarios para integrar el cuerpo de lobatos, un escalón previo en la jerarquía de los scouts. Por lo que uno sabría con los años, la reunión tuvo un fuerte tono jesuítico, más que mariano. En un clima semi-secreto y ceremonial, y dosificando la claridad en forma homeopática, dos hermanos nos explicaron el alto honor que significaba ser aprendices de una organización que nos permitiría elevarnos física, moral, social y espiritualmente, basándonos en la guerra de guerrillas de Afganistán (no recuerdo si nos dieron ese dato), y celebrar jamborees llenos de carpas, africanos y enormes ollas con guiso. Aprenderíamos a frotar dos palitos. Pero me adelanto a decir que jamás llegué a convertirme en explorador. Hubo dos problemas insalvables. El primero fue el uniforme. Interiormente, me resistía a vestirme como una planta. La boina y el pañuelo no alcanzaban a contrarrestar el intenso verde del traje. Por lo tanto, asistía a las reuniones semanales de instrucción con mi guardapolvos gris, igualitario y deprimente, pero no charro. El segundo problema fueron las reuniones. Después de seis, siete u ocho encuentros, seguía flotando en el aire una sensación de ingreso interruptus. Siempre estábamos por ser lobatos de un momento a otro. Mientras tanto (y eso fue el resumen de mi experiencia), cantábamos. La otra actividad era repetir con entusiasmo la frase “¡Siempre listo!”. Para ser justo, a mi fugaz paso por el escultismo (así se dice scoutismo en español, con la misma lógica que transforma la danza alemana Schottische en el chotis madrileño) le debo el descubrimiento de Rudyard Kipling, lo que bastaría para perdonar a muchos exploradores.

Por alguna razón que jamás indagué, había una estrecha conexión entre los lobatos y El Libro de la Selva. Pocos libros se prestan tanto para inspirar canciones. En las reuniones, entonces, cantábamos. Cantábamos y esquivábamos la saliva del Sr. Revé, que dirigía el coro balanceando ostensiblemente el cuerpo, obeso pero firme, y agitando una mano como un desaforado. Y escupiendo, claro está. Una de las canciones decía: Mowgli rana, corre y salta, por los (??) va a pasear. . . , donde “rana”, sin lugar a dudas, significaba que daba saltos en cuclillas. Ya en mi vida adulta, traté muchas veces de aplicar en mi conversación el evidente verbo “ranar”, pero siempre obtuve como respuesta un gesto de extrañeza.

Paradójicamente, la que debía ser la canción más emocionante me llevó a abandonar aquella empresa, entre feliz y decepcionado, y me sirve de corolario para esta refutación. Con la música de esa famosa marcha de Glory, glory, alleluyah!, nosotros teníamos que decir: Subiendo la montaña y deseosos de llegar, los boy-scouts cantando vamos listos a acampar. . . Si se observa con atención, se advertirá que el segmento “los boy-scouts cantando” encierra una dificultad de pronunciación. La t de scouts impone una pausa que afecta la fluidez. Pero, ¿cuál era el obstáculo? ¿Se detendría el mundo por una t? ¿Para qué estaban, sino, la natural eufonía y autoridad del castellano? Consciente o no de aquel detalle, el Sr. Revé nos mostró el camino: los boi-escáus cantando vamos listos a acampar. . . Así, durante dos meses, repetimos aquella frase súbitamente vasca, corrigiendo una falta indiscutible de la lengua anglicana. Con todo, en ese tiempo aprendí a hacer un nudo marinero. Pasados casi cuarenta años, todavía no tuve oportunidad de usarlo.