La importancia de ser serio
Difícilmente haya un traductor que no escuchara alguna vez
aquello de traduttore, traditore,
descargado contra su persona como una broma, como una crítica o simplemente
como la frase hueca que es. Al menos en lo que respecta a la traducción
literaria, es innegable que un traductor siempre comete una cierta traición. En
realidad, acaso no sea una traición muy
distinta de la que comete el lector y, muchas veces, el autor mismo. Las
palabras, en general, no reflejan “claramente” el pensamiento. Y el pensamiento
en sí pocas veces es claro.
La
bibliografía académica y erudita sobre el tema no es menos vasta que
impráctica. Cuando apunta, como suele ocurrir, a demostrar la imposibilidad
ontológica de la traducción (o, para el caso, del lenguaje o la comunicación
entre humanos), no descubre nada nuevo. Pero el simple mortal que vive en
Occidente agradece que alguien se haya tomado el trabajo de presentarle en su
lengua a Li Po. Nada permite traducir fácilmente al castellano –y quizás tampoco
al inglés– un título como The Importance
of Being Earnest, pero es una suerte poder leer la obra en español si uno
no está “condenado a hablar la lengua de Shakespeare”. James Joyce y el James
Joyce de Salas Subirat (Santiago Rueda Editor) no son el mismo escritor, sin
duda, pero tienen un aire de familia. Ignoro, triste y fatalmente, si en
realidad conozco a Dostoievski, a Kafka y los mismos Evangelistas.
Como
muchos, creo que establecer cualquier norma en torno a la cuestión resulta
inútil y poco garantizado. Por lo tanto, circunscribo mis opiniones al
caprichoso terreno del criterio y el gusto personales.
Dicho esto,
creo rotundamente en la torpeza como entidad viva, robusta y universal. No
obstante, mi tesis casera y nada original es que, aplicada a la traducción, la
torpeza no siempre es mero error, chapucería, desidia o mal gusto –categorías
excusables o discutibles–, no siempre es pura, sino que está vinculada a
procesos culturales, individuales o colectivos, más retorcidos y menos inocuos.
El canon
Un hecho curioso del mundo
editorial es la apelación de autoridad con que se esgrimen algunas obras. ¿Cómo
discutir razonablemente en Hispanoamérica las traducciones de Dámaso Alonso –que
entendió poco a Manley Hopkins–, de Cernuda –que no entendió a Yeats–, de
Cortázar, de Neruda y de tantos más? Hay
nombres en la vida, tan fuertes, yo no sé... El modo más sencillo, pero,
por algún motivo, casi nunca puesto en práctica, es la comparación.
Correspondería al editor, en primer lugar, comprobar de alguna forma la
capacidad de su “traductor estrella”. La crítica debería hacer otro tanto. Por su parte, en algunos
casos, el traductor estrella debería usar el diccionario. ¿Es posible que el
joven Cortázar tradujera mal a Poe? Salvando la tiranía de la palabra “mal”, es
posible. Me sigue pareciendo más lógico que un jefe de policía haya sido burlado o engañado por un ladrón, y no que haya sido mistificado (mystified).
También creo que la policía normal tiende a hacer registros o pesquisas y
no requisiciones. Los agentes
parisinos debieron cansarse de escrutar
tanto con el microscopio, cuando podrían haberse limitado a usarlo para
examinar. Las onduladas capas (curling eddies) de humo que contemplan
Dupin y su amigo se parecen mucho a las volutas.
El colegial que adivina cuántas bolitas tiene otro chico en la mano, acierta y no triunfa. En cuanto a la frase:
The Minister I believe has written learnedly on the Differential
Calculus
Cortázar traduce: “Creo que el mimistro ha escrito una obra
notable sobre el cálculo diferencial”. Debió ser una obra notable, sin duda.
También es notable –ignoro la cronología– que la traducción del mismo párrafo
hecha por J. Gómez de la Serna sea: “El ministro, según creo, ha escrito un
libro muy notable sobre el cálculo diferencial e integral.” Los españoles, se
sabe, son más detallistas.
En descargo
de uno y otro, debe admitirse que Poe dominaba un estilo aterrador:
Do you not see he has
taken it for granted that all men proceed to conceal a letter – not exactly in
a gimlet-hole bored in a chair-leg – but, at least, in some out-of-the-way hole
or corner suggested by the same tenor of thought which would urge a man to
secrete a letter in a gimlet-hole bored in a chair-leg?
Honestamente, no sé si es
lícito reformular el texto de un autor admirado, minimizando lo que uno
considera una torpeza. La literalidad y el espíritu de la letra son límites
difusos. A mi gusto, en todo caso, lo que Poe dice en el párrafo citado es:
¿No cree usted que, para el prefecto, todo el mundo esconde una carta,
si no exactamente en un agujero en la pata de una silla, al menos en un hueco o
un rincón sugerido por el mismo razonamiento que llevaría a un hombre a ocultar
una carta en la pata de una silla?
Para
Cortázar, Poe dijo:
¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una
carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por
lo menos en un agujero o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que
inspira la idea de esconderla en la pata de una silla?
En cambio,
para Gómez de la Serna:
¿No ve usted que él considera como cosa demostrada que todos los
hombres que quieren esconder una carta utilizan, si no precisamente un agujero
hecho con un berbiquí en la pata de una silla, al menos alguna cavidad, algún
rincón muy extraño, cuya inspiración han tomado del mismo registro de ideas que
el agujero hecho con un berbiquí?
El ejemplo
corresponde al cuento “La carta robada”, elegido al azar. Multiplíquese por la
obra completa.
Daño colateral
Hace dos años, aproximadamente, traduje Wartime, de Paul Fussell, para una editorial española. El hecho,
por demás anecdótico, me da pie para referirme brevemente a la corrección de
estilo asociada al trabajo de traductor, y a la estupidez asociada al poder y a
la jactancia.
Advertido
de que el libro sería publicado en toda Latinoamérica, puse el mayor empeño en
cuidar la forma de la manera más responsable. La obra, una suerte de ensayo
sobre la conducta aliada durante la Segunda Guerra Mundial, hace particular
hincapié en el lenguaje, tanto oral como escrito, gestual o simbólico, de toda
una generación. Consulté sin retaceos a fin de sacrificar lo menos posible el
idioma usado y/o citado por el autor, e intenté brindar una versión castellana
“neutra”, es decir, que pudiese leerse y comprenderse en cualquier sitio de
habla hispana.
Un año más
tarde me llegaron los ejemplares que me correspondían por contrato. Con estupor
y consternación, me encontré con que la corrección de estilo a la que habían
sometido mi trabajo era sencillamente monstruosa. ¿Había alguien en Turner que
controlara a los correctores de estilo o los editores? Le hice la pregunta, por
escrito, al director de la casa. Entendía perfectamente que, por razones
editoriales y prácticas, no me hubiesen enviado la corrección de mi trabajo
para pedir mi opinión sobre el texto
definitivo; pero ahora sólo me quedaba una suerte de orgullo discutible y poco
convincente: yo no hice la traducción que salió publicada. Cobré honorarios y
lo agradezco, pero lo que se publicó no es mi trabajo. *
El uso de
la norma castellana al que se tiende en España, un uso a menudo tan despótico
como objetable, tiene al menos la virtud de ser minoritario. Claro está, eso no
le quita ínfulas coloniales. ¿Cuarenta o cincuenta millones de hispanoparlantes
peninsulares “contra” (esa es la impresión que da) trescientos millones de
hispanoparlante de América Latina? ¿Por qué no? Todo depende de dónde esté el
oro.
Consideremos,
por ejemplo, la supresión del acento en el adverbio “sólo”. Ya todos conocemos
que las normas de la R.A.E. se adaptan al pasado, más que al presente, y que el
lenguaje es dinámico, etc. En lo que respecta al adverbio en cuestión, la
Academia expresa puntualmente que no es obligatorio omitirlo, sino que se lo puede
suprimir cuando no hay lugar a confusión con el adjetivo “solo”. Pues bien, el
corrector / editor lo suprimió (¿veinte... treinta... cincuenta veces?) cuando sí hay lugar a confusión. Es una suerte
que no compartiera el criterio de García Márquez con respecto a la letra “h”.
Al traducir
insultos, jerga de soldadesca, vocabulario soez de cualquier clase, etc., me
había cuidado expresamente de no utilizar argentinismos, de ninguna especia, ni
ningún término que no fuera, como ya dije, “universal” dentro del castellano, a
riesgo de quie se perdiera parte de la gracia, pero en consideración a los
potenciales lectores de distintos países. Creo haber utilizado una expresión
clara para cualquier hispanoparlante cuando traduje que alguien bebe un vaso de
licor “hasta la última gota”. Aquí, en Buenos Aires, hablaríamos de beber
“hasta el fondo” o “fondo blanco”. Por supuesto, descarté esa posibilidad.
Entonces leí en Wartime (versión
corregida) que alguien bebe algo “a morro”.
Como le
dije en mi carta, el director de la editorial seguramente sabría, por el cine o
la televisión, o acaso por trato personal, que a una persona tonta en Argentina
le decimos “boludo”, así como en México será un “pendejo”. Como no sé si en
Perú o en Costa Rica le andan diciendo “boludo” a un tonto, me pareció más
sensato, siempre a riesgo de una traición menor, decir que un jerk es un “idiota”. Pero no un
“gilipollas”. ¿Sabía el director que, al menos en el Río de la Plata,
“gilipollas” es una palabra casi grotesca, que pone en ridículo más al que la
expresa que al propio boludo?
Yo entendía
que la corrección de estilo debía ser precisamente eso: corregir el estilo si
había alguna redundancia, defecto o carencia expresiva, etc., o corregir algún
error gramatical, sintáctico, semántico o de uso. Pero no, bajo ningún
concepto, una cuestión de gusto: eso implicaría una irritante subestimación del
traductor contratado. Aceptaba sin inconvenientes que se me corrigiera si
empleaba la palabra “ubicar”, cuyo uso en España es distinto del que le damos
aquí. Otro tanto podía decir de la palabra “coger”, como es sabido. Pero no
veía por qué reemplazar “rostro” por “cara” o viceversa. En tanto no fueran
incorrectos, justamente la elección de términos me parecía, y me sigue
pareciendo, privativa del traductor. Si el corrector encontraba que “cara” es
una palabra más linda que “rostro”, era su problema, pero había dos cosas
claras al respecto: 1) el criterio es discutible, y 2) de tener ese poder, el
corrector debería figurar en los “créditos” junto con el autor y el traductor,
tanto para satisfacer su propio ego como para librar al traductor de la
responsabilidad final de lo publicado.
También
traduje que alguien “empieza ponerse molesto”, sabiendo que la expresión se
entendería en cualquier parte; fue reemplazada por “empieza a ponerse borde”,
cuyo significado le roqué que me explicara.
Asimismo,
“graves fallas de seguridad” fue reemplazado por “graves fallos de seguridad”.
De acuerdo al D.R.A.E., la seguridad puede perfectamente tener fallas; los que
emiten fallos son los jueces y los correctores.
Me constaba
que “sacos de arena” se entendía aquí, en Uruguay, en México, y en todos los
países donde hay inundaciones, pero “sacos terreros” no.
Donde
traduje:
Nuevas divisiones vendrían a
ocupar su lugar para futuras operaciones. (algo muy poco inexplicable, como
apreciarán quienes estén familiarizados con la función consoladora de los
romances.)
el
corrector / editor decidió que era mejor:
Nuevas
divisiones vendrían a ocupar su lugar para futuras operaciones. (algo muy
inexplicable, como apreciarán quienes estén familiarizados con la función
terapéutica de los cuentos de hadas.)
Yo aceptaba
el cambio de “romances” por “cuentos de hadas”, pero la supresión de la palabra
“poco” sencillamente invirtió por completo el sentido de la frase, y lo del
valor “terapéutico” en lugar de “consolador” de los cuentos de hadas
justificaba con creces una visita al diván.
Aclarando
en una nota al pie que el término wop,
acaso derivado de guappo, se usaba
peyorativamente para referirse a los italianos, traduje como “Wops en acción” (Wops in action) el nombre de una revista
de soldados. El corrector, haciendo gala de inventiva o justificando el salrio,
rebautizó la tira “Espaguetis en acción”. Si cabe algún comentario, debió poner
al menos spaghetti.
En 1944,
Frank Capra estrenó con gran éxito Arsenic
and Old Lace, protagonizada por Cary Grant. Aquí, en Argentina, se vio una
estupenda versión protagonizada, entre otros, por Narciso Ibáñez Menta. Cuando
Paul Fussel, en Wartime, hace una
referencia a la película, recurrí, previa consulta por Internet, al título
utilizado en el circuito cinematográfico latinoamericano, esto es, en varios
países del mundo de habla castellana: Arsénico
y encaje antiguo. La traducción no es brillante, es más bien natural,
porque el título inglés significa precisamente eso. El corrector, a quien no
culpo en esto, seguramente hizo lo mismo que yo: debió utilizar el título con
que se conoció la película en España: Arsénico,
por compasión. Acaso el criterio de traducción peninsular arrastre vicios
de larga data.
El cisne de Iberia
En un raro alarde de
poder, el 23 de Abril de 1516 la muerte tomó las vidas de William Shakespeare y
Miguel de Cervantes. La funesta coincidencia parece haber signado un
padecimiento que nos toca. Ignoro si las traducciones británicas de Cervantes
vuelven a éste isabelino; sé, en cambio, que las versiones peninsulares de
Shakespeare nos lo presentan, inexorablemente, como otro campeón del Siglo de
Oro.
No es mi interés –ni
sabría– descifrar con eficacia los
motivos menos involuntarios de esa saña. Sospecho una envidia canónica, una
política del lenguaje tácita y soberbia (María Moliner, en el Diccionario de
Uso del Español, incluye bilbilitano cuando
omite, por ejemplo, correntino) y una
dósis castellana de torpeza. La incongruencia es aparte: en el ensayo que
prologa las Obras Completas de Shakespeare (Ed. Vergara), Luis Astrana Marín habla de William
Shakespeare pero de Cristóbal Marlowe, de John Dryden pero de Roberto Greene.
“Thou hast nor youth nor age, but, as it were, an
after-dinner's sleep, dreaming on both.”
T. S. Eliot eligió este epígrafe, tomado del acto
tercero de Medida por Medida, para su
poema Gerontion. Hace unos años,
intentando una versión del poema, quise ver cómo resolvían la cita diferentes
traductores. Alberto Girri & Enrique Pezzoni hallaban un giro justificado:
“No tienes ni juventud ni vejez; es como si
durmieras después de cenar, soñando con ambas.”
José M. Valverde agregaba, inocuamente, la
palabra “cosas”:
“Tú no tienes ni juventud ni vejez, sino como si
fuera una siesta después de comer, soñando con ambas cosas.”
Pero la paz no está hecha para durar. Don
José A. Márquez (EDAF, 1971) proponía con
énfasis metalúrgico:
“No tienes ni juventud ni vejez; tu vida es como
un sueño de siesta, en que se funden los recuerdos de la mañana y de la tarde.”
Con haber leído la escena, en la que el Duque le
habla a la vida, se hubiera evitado, de paso, la chapucería de “tu vida es...”.
Finalmente, el oráculo, la consulta definitiva:
se sabe que Shakespeare tiene un traductor castellano por excelencia. Es más, a
él le debemos en gran parte la primera idea que tantos tuvimos del dramaturgo.
En palabras de Luis Astrana Marín, el Duque dice:
“No tienes ni juventud ni vejez, sino que no
eres, por decirlo así, más que un sueño
de siesta después de haber comido, acosado por ensueños de esas dos edades.”
Palabras de Astrana Marín, por decirlo así.
Treinta, exactamente, para 17 del original.
El curioso
desplazamiento de Stratford-on-Avon a Toledo-en-el-Tajo no se limitaría, claro
está, ni a una sola obra ni a dos o tres versos. La sombra ominosa de Hamlet
confirmó los peores presentimientos. El famoso soliloquio es una víctima
ejemplar.
Guillermo Macpherson
(Sopena, 1939), miembro de la Academia Española , ensaya el siguiente gongoreo:
“Ser o no ser. ¡La alternativa es esta! Sufrir
los golpes y punzantes dardos de suerte horrenda, o terminar la lucha en guerra
contra un piélago de males [...] y con un sueño pensar que concluyeron las
congojas, los mil tormentos de la carne herencia, debe término ser apetecido.”
Salvador de Madariaga,
en cambio, minimiza:
“Ser o no ser. De eso se trata, en suma.” Luego
se explaya: “...y con el sueño decir que damos término a la pena y a los mil
infortunios naturales, herencia de la carne – es un empeño para devotamente
[ser] deseado. Morir. Dormir. Dormir? ¡Soñar acaso! Ahí está el punto fuerte.
Pues al pensar qué sueños soñaríamos ya libres de las trabas de la muerte, se
nos suspende el ánimo. Respeto es éste sin el cual no dejaríamos hacer
calamidad de larga vida.”
Es bastante impresionante. El suyo es, sin duda
alguna, un Hámlet acentuado. Pero perfectible. Hace falta la mano
maestra, el garbo, el salero, la horchata de chufas:
“¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¿Qué es más
levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante
Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles
frente, acabar con ellas? ¡Morir..., dormir, no más! ¡Y pensar que con un sueño
damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen
la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir...,
dormir! ¡Dormir!... ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! Porque es
forzoso que nos detenga el considerar qué sueños nos pueden sobrevenir en aquel
sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida. ¡He
aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio!”
Astrana Marín en su apogeo. El segundo piélago
nos pasma, nos erecta casi el espíritu. La profusión de signos exclamatorios
sugiere un príncipe algo sordo, para ser que estaba reflexionando. ¿Por qué
donde Hamlet le dice a Ofelia sencillamente: “Si te casas, te daré por dote
este castigo: ...” empleando una palabra
bastante clara y común (plague,
plaga, castigo), nos somete a su incomparable “Si te casas, quiero darte por
dote este torcedor”, sinónimo de mera existencia editorial? ¿Por qué cuando
Marcelo dice que el espectro había aparecido ante la guardia dos veces with martial stalk –con paso o porte
marcial– el ingenioso traductor dice que ha pasado “con marcial continente” ?
¿Por qué si para Horacio los muertos iban por las calles de Roma, para nosotros
van (traducción mediante) por las calles de la Urbe ? Y
así, casi ad infinitum. **
Basta leer la bibliografía manejada por Astrana
Marín o el preciosismo de sus notas y comentarios al texto para admitir su
abrumadora y meritoria erudición. Pero basta también, para entender el carácter
de esta objeción, ver que en 1961 habla en esas notas de “un libro dado a la estampa en Oxford”, o de
un pasaje “en francés en la lección inglesa”, o sostiene decidirse por un
sentido determinado, “a tenor de lo cual vertemos”. De la mano casi con el
Madariaga que traduce: “Asióme la muñeca y apretóme, echóse atrás lo largo de
su brazo” [sic. Acto II, escena 1].
No se trata de
desconocimiento o dominio de las lenguas de fuente o de destino. Ni es, en
rigor, un problema de latitudes. ¿Quién podría dudar de Neruda como virtuoso
del castellano? Cuando en la escena tercera de Romeo y Julieta el ama
llama a la joven exclamando lamb, lady-bird, ¿qué lo lleva a
entender “¡Chinita!”?
Creo que la idea
aproximada de las dos primeras estrofas del soneto 56, por ejemplo, es la
siguiente:
Renueva tu fuerza, amor, que no digan
que tu filo sea menor que el filo del apetito,
mermado sólo hoy por el comer
y aguzado mañana como antes.
Sé entonces como él: aunque hoy satisfagas
tus ojos hambrientos, y saciados parpadeen,
mira otra vez mañana y no destruyas,
vencido por la modorra, el espíritu del Amor.
Esto, con cierta tolerancia, debería corresponder
al texto inglés:
Sweet love
renew thy force, be it not said
Thy edge
should blunter be than appetite,
Which but
today by feeding is allay´d
Tomorrow
sharpened in his former might.
So love be
you, although today thou fill
Thy hungry
eyes, even till they wink with fulness,
Tomorrow see
again, and do not kill
The spirit of
Love, with a perpetual dullness.
Las posibilidades son, seguramente, infinitas, y
las dificultades son claras: la palabra edge, para empezar, puede ser
tanto el filo de una hipótica espada como la urgencia del hambre;
de allí, a su vez, que blunter pueda ser el apetito mitigado o el
filo más romo y, consecuentemente, que sharpened pueda ser aguzado
en más de una acepción; kill y dullness, por su parte, también
son ambiguas. La licencia de “vencido por la modorra”, por ejemplo, es más que
discutible. Queda para quien acepte el reto traducir esos versos en toda su
dimensión.
¿Pero qué le hace pensar a Mario Jofré que el
soneto 56 dice en serio:
Renueva, amor, tu fuerza: tus conatos
No se queden atrás y sean más flojos
Que el apetito, que ora, sus antojos
Sacia y mañana vuelve a su arrebato.
Así debes ser tú, aunque sin recato
Colmes ahora el hambre de tus ojos
Torna a abrirlos mañana, di: –el despojo
Del amoroso espíritu no acato. ?
¿Alcanza con formar parejitas de sonidos?
Astrana Marín tuvo el tino de no remedar la rima.
Se evitó un inconveniente tan insalvable como, a mi juicio, pueril. Pero
incurrió quizás en un exceso de esdrújulas. Así traduce la segunda estrofa:
Sé como él, amor; aunque hoy satisfagas tus ojos
hambrientos hasta que cieguen con la hartura, torna a mirar mañana, y no mates
el espíritu del amor con un embotamiento constante.
Desde una lógica más pampeana –para concluir– encuentro
algo irrespetuoso en el copista que impone la luz de Goya a las brumas de
Hogarth o de Turner. Algo que, en el fondo, roza bastante la insolencia. Forse altri canterá con miglior plettro,
sin dudas.
Los invasores — Epílogo
Contra la idea habitual de democracia, creo que todos los
sistemas políticos son absoluta y perfectamente representativos. Esto incluye
los planes y sistemas más estrictamente culturales. Lo triste, en general, es
lo que representan.
La historia
puede entenderse como la historia de los imperios. Cada tanto, alguna visión
más ilusoria sostiene enfáticamente que es la lucha contra los imperios. Como sea, y sólo como ejemplo de los pueblos
que ejercieron la hegemonía, puede decirse que Roma supo ser un imperio. Esto
difícilmente permita ninguna jactancia de orden moral. Pero se admitirá que
tuvo, al menos para los romanos, un costado práctico innegable. La sumisión,
claro está, tampoco permite jactancia alguna ni supone necesariamente ninguna
epopeya. La mediocridad puede ser tanto un resultado de la opresión como una
costumbre del pensamiento colectivo. Todos estamos razonablemente dispuestos a
que nos penetren de manera razonable. Occidente puede remitirse a David y el
Antiguo Testamento. Acaso la bienaventuranza de los mansos se haya confundido
con la flaqueza de los pavotes. Lo primero que saben los imperios es con qué
bueyes aran.
Todo esto
para contar una anécdota final, estrechamente ligada al tema de la traducción.
En este caso, a una traducción al castellano cometida por una secta docente.
En una
cartelera del colegio de mi hijo se puede leer el siguiente texto, dirigido
imprecisamente, supongo, a la “comunidad educativa”.
En una cartelera del colegio de mi hijo se puede leer el
siguiente texto, dirigido imprecisamente, supongo, a la “comunidad educativa”.
Proyecto de lectura
Es muy importante revalorizar el
placer de leer a través de la lectura en voz alta de parte del docente, pero,
así mismo [sic], lo es a través de la difusión de títulos o autores, como,
también, lo podemos hacer al ofrecerles el material, en forma directa, a los
niños para que ellos manipulen, vean, toquen, observen y, por supuesto, lean
libros de autores nacionales y extranjeros.
Objetivos:
—Facilitación del mecanismo de
búsqueda bibliográfica en la literatura infantil por medio de la exploración de
los libros de parte de los chicos.
—Utilización de organizadores de
búsqueda de material de lectura que resulte atractivo e interesante: colores,
tapas, tamaño, títulos, autor o editorial.
—Adquisición de habilidades
mediadoras y de colaboración, entre los nenes [sic], para mejorar la
cooperación en el trabajo de leer.
—Entrenamiento en la búsqueda
bibliográfica, por título y autor, cuando el material es interesante para el
niño.
—Lectura, por el placer de leer, de
parte de los niños.
A
continuación, leí que los contenidos del proyecto son “conceptuales”,
“procedimentales” (“elaboración de anticipaciones e hipótesis de lectura —
reflexión sobre las experiencias entre compañeros”) y “actitudinales”
(“disciplina, esfuerzo y perseverancia en la lectura continuada”).
Lo primero
que se me ocurre está penado por la ley. Lo segundo es obsequiar al cuerpo
docente algún tipo de manual de estilo y puntuación o recomendar, al menos, la
lectura de las páginas amarillas. Imagino escolares preocupados ante
organizadores de búsqueda atractivos pero poco interesantes, dudando de sus
habilidades mediadoras y de colaboración, anticipando sus experiencias de
trabajo y sin el placer de su parte. ¿Facilitar o no facilitar?, se preguntan.
Para colmo, sin entrenamiento alguno, sin expoloración posible y con un autor o
editorial en el culo.
Nada de
esto sería patético o grave si no existiera material pedagógico en inglés donde
es ya no frecuente sino abusiva la presencia de los términos facilitate, anticipate, manipulate, explore, experience, skills, training, organizer, procedural, attitudinal, etc.
Entre los
puntos finales, por suerte, se hace hincapié en la “valoración del lenguaje
claro y preciso, como expresión y organización del pensamiento”. Casi un
proceso de reorganización nacional.
Consuela
saber que, alguna vez, los chicos prefirieron, sin dudarlo, el cine continuado
a la lectura continuada.
————————
* La misma
experiencia acabo de tener recientemente con dos -hasta ahora- de las novelas
de Patricia Highsmith que traduje para el Grupo Norma, de España.
**
Con la sola premisa de no decir ni agregar lo que el autor no dijo, sugiero una
traducción posible de esas líneas. La
presencia o la falta de acierto estético es un asunto de otra naturaleza. Por
lo demás, jamás pretendería dotar a Shakespeare de estilo: “Ser o no ser, ésa es la cuestión: ¿Qué es más
noble para el espíritu, soportar los dardos y flechas de una fortuna
humillante, o tomar las armas contra un mar de aflicciones y, haciéndoles
frente, acabar con ellas? Morir, dormir... no más; y con dormir decir que
borramos el dolor y los mil embates naturales que la carne hereda: debiéramos
desear con devoción ese final. Morir, dormir;
dormir... tal vez soñar; ah, he ahí el escollo; porque en ese sueño de la
muerte, librados ya de la envoltura carnal, los sueños que puedan venir nos
hacen detenernos; es el temor lo que da tan larga vida a la desdicha...”
De “Problemas de la traducción", ed. Libros del Rojas,
Buenos Aires, 2004.

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