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domingo, 14 de febrero de 2010

ARAÑAS


DIATRIBA

Nessim diría que moran en tí los enfermos,
los profetas, los solitarios,
todos los que fueron hondamente
heridos en su sexo.

Oh tierra estúpida,
ajena del mar,
tus jóvenes pasan con música muerta en el rostro

Oh, suelo de beatas y procesiones,
de actos cívicos y parlantes defectuosos,
tierra sin otra epopeya que los domingos

Que la anarquía te arrase
y te funde, acaso, nuevamente.


Santa Rosa de Calamuchita, 1998




ANALES

El crápula y las súcubas
una corte de lameculos
los Templarios
el leve interregno
y un grave defecto del Islam

El territorio que asciende
ufano
al infierno.





REGNAUT de BEZIERS

“Exquisita la joven, y dulce con todos
—vuestro gusto nunca ahorra—
En cuanto a lo otro,
veo con hábito, Sire,
que detrás de las palabras
no siempre anida un cerebro,
tal órgano magnífico y sutil.
Si puedo decirlo,
intuyo que muchas voces
son gobernadas por simples
bolas de mierda.”





PERFILES

Un grupo de jubilados sube en Embalse al micro semivacío.
Su manera viscosa de avanzar por el pasillo;
los bolsos, los alfajores,
las bromas de contingente.

Volvemos a la negrura de la ruta
apenas alterada cada tanto
por las luces de un auto.
Almas en tránsito

o mero pasaje de la carne.
Una especie de Brueghel;
el silencio del sueño nos concede
alguna dignidad.





COMISION

Id, cantos míos, contra el terror de provincias
el cincelado miserable de la rima
Id contra el sarcasmo de la urbe
contra la paridad del pensamiento hostil
(Un sujeto medio con más vocabulario cada año)
Id contra toda inmediatez
id contra el lenguaje inteligente
Id, por fin, contra la abundancia de la época.
Claváos como dardos en el silencio.





LITTLE HORSE

Ahora pienso que la actitud del consorcio
no era sólo benevolente con Johann, el portero,
que a veces recordaba las trincheras alemanas.
En los hechos, todos temían el celo
con que alimentaba la caldera.
El senor Pencel, un arquetipo de la mesura intrascendente,
y su hija, salida de un Degas, inmerecidamente etérea.
Luego los Fuchs, con un número indeterminado de hijos,
y los Bourbon, una trilogía de boxers
aparentemente próspera.
Los Ainsestein, y aquella madre con aspecto de Treblinka;
acaso la única familia del consorcio más escandalosa que la nuestra.
El Sr. Maniglia tenía un rito particular:
cuando se le escapaba un pájaro de alguna jaula,
ponía un cebo en la vereda de enfrente
y esperaba hasta que se acercase, las horas que fuera.
Entonces le pegaba un tiro.
Un edificio que nunca
termina de derrumbarse.





ARAÑAS

Mientras no se excedan de tamaño y de costumbres,
les permito habitar en las vigas del techo, la baulera del placard,
algunos rincones del baño, el espacio detrás de la heladera,
el área de las patas, debajo de la cama.

No me gustan particularmente, no me molestan.
Las uso para pensar en lo diverso y lo efímero.
A veces me cambia el humor y las mato
sin remordimiento. Mi espanto
no es de este mundo.





OUTREMER

Calcinémonos bajo este sol impiadoso,
huraños, malolientes;
marchemos agotados padeciendo el frío de la noche,
dejemos las heces a nuestro paso
y arrasemos las aldeas,
violemos a las mujeres pensando en nuestras esposas,
robemos el agua y la comida y el licor y la hacienda,
sepamos
que el tiempo hace gestas con estas inmundicias
y que hablarán de nosotros con la pompa de los claustros.





WALDEN

I. Dejo el bosque definitivamente
para volver a las construcciones humanas.
El silencio también
engendra peste.

II. La realidad se vuelve más sospechable y fragmentaria
cada invierno.
Ordeno palabras, pulcra, pasivamente.
La primera persona del plural
me parece por momentos un abuso.

III. Cada vez más
aspiro únicamente
a las buenas imitaciones.

Los verbos empiezan
a conjugarse en pasado.





LOS VISITANTES DE LA NOCHE

Nunca volví a saber
de Alain Cuny, o del actor que hacía el diablo,
o de la voz de Michele Arnaud.
Hace años,
hubo para ellos una leve inmortalidad.

Dónde está la cámara
que nos filma a nosotros
antes de que entremos para siempre en el silencio
habiendo callado tantas cosas.





TRISTÁN

Injusto ni triste acaso
fue el término,
pues, ¿cómo sostener el alma arrebatada
entre la turbia gravedad del mundo,
sobre la tímida escala
de nuestros propios corazones?




todas las cartas de amor son ridículas —F. Pessoa


Tu barco sale el lunes.
No encuentro gran cosa que decir, en realidad.
Sólo impresiones,
los restos del viaje.
La intuición de otro puerto vacío.





UPPER WEST SIDE

a M. D.


Después de la ciudad está el museo.
Los dioses me hablaron: las máscaras,

las armaduras, las hojas de palma.
Las columnas y las ánforas me hablaron:

La cerámica, el granito, los bustos reconstruidos,
los ojos huecos

el tiempo curvado como una espiga.
La seda y la filigrana y las ceremonias me hablaron:

el roble que permanece,
la tarde y el cuerpo avanzando hacia la noche.

No la dejes ir –me decían– no la dejes ir.





DOMINGO DE PADRE

Estamos los cuatro mirando televisión.
Pompeya se mezcla con los restos del almuerzo
enfriándose en la mesa.
En una pausa, les hablo de los volcanes y les cuento que Arshes
veranea en Santorino, la Atlántida misma, dicen.
Nicolás abre los ojos. Ana cambia de canal. Lucía retira los platos
y pone agua para el café.
A lo largo de la tarde haré bromas, comentaré cosas por decir algo.
Después se irán.
Por suerte, lo ignoran. Cada domingo que vienen,
cada día que transcurre, fugaz e insuficiente,
sólo construyo una parte de sus recuerdos.





ESTACIONES

Bajo las escaleras.
Nada; las venas.
Ninguna idea en particular.
Y entonces las caras en el andén
ya no son dignas, adustas,
vulgares, inexpresivas.
Sólo son cuerpos
más cerca o más lejos que el mío
de su destino.





ARTE HOSCO

Has escrito al final de los surcos
donde el poeta del Liffey puso headland.
Has afrentado a la niña muerta
de Swansea.
Has escrito olmo-roble en la campiña
sin entender al pisano.
Has escrito presumir,
sin saber si era jactancia o conjetura.
Has rebajado el parlamento de Lorenzo
al habla de un capellán.
Has elegido nombres y verbos
sacrificando ecos.
¿Seguirás escuchando siempre
tus propias palabras?
¿Seguirás traduciendo mundos
por una causa insignificante?





LOS CORRECTORES DE ESTILO PENINSULARES

Vuestra herencia de la Mancha os da la potestad:
con celo implacable, inquisidor,
la tinta roja de vuestra pluma sentencia y endereza
el extravío de estos mares.
Ya no hablaré de inusual sino de infrecuente,
ya no diré en contraste sino por el contrario,
y espero además no coger frío.
¿Por qué no marcháis un poco
a la puta madre que os pariera?





MARINA

Desierto,
escorado entre el guano y las algas de la arena.
Un pájaro apostado en la cruz de la mesana.
El ajetreo, los puertos de ultramar grabados aún
en la madera reseca.
Una majestad que el agua dulce ignora.





CICLOS

Tendría seis o siete años
cuando subiste al Empire State
y volviste fascinado por aquella imponente
proximidad al cielo.

Recuerdo exactamente el color de la valija,
tu entrada por el vestíbulo de casa,
los regalos que trajiste de aquel viaje,
aunque me cuesta recomponer tu cara en mi memoria.

Nicolás entiende tu existencia de una manera simple,
como un dato; tiene ocho años ahora,
y hace unos meses subí yo al Empire State
fascinado por los puentes y la nostalgia.

No sé qué pensó durante mi ausencia.
Acaso pensó en mí,
pensando en él, y en Ana y en Lucía,
a través del Hudson,

soltando al Atlántico mi amor a ellos;
acaso vos también hayas sentido
que también nosotros éramos una especie de altura
donde el vapor del mundo se diluye

y el pasado y el presente parecen justificarse.
Y quizás también él ascienda un día a ese raro silencio
que al menos por una vez
da vuelta el alma como una media.

Supongo que son ciclos inexplicables,
códigos del tiempo y del azar.
Sé que vos y yo
finalmente bajamos.





LA POSESIÓN DEL JADE


Primero dejó de ser fácil,
después dejó de ser evidente.


Nuestras ciudades volvieron a separarse.
Mejor es pensar que hubo una pausa
en la fuga del tiempo.
Evitar la certeza,
caminar del brazo en el frío de la avenida,
grabar obstinadamente
el eco de una luz, la efímera
substancia de los gestos.

¿A qué lealtades
pertenece el daño?
Aún serás un norte impreciso
hasta que el hábito ceda.
Ahora sabrás el barro que empuño;
yo sé el minotauro que rige la noche.





HORAS SERENAS

I. por qué ahora
el rostro cautivante
la voz ajena

que duerma tranquilo Urías
la pasión se ha vuelto casta
civil
un mero pensamiento
de oficina

II. por qué ahora
que es tarde
el rostro cautivante
la voz ajena

que duerma tranquilo Urías
la pasión se ha vuelto casta
civil
un mero pensamiento
de oficina

de todos modos
que no confíe





MILENIO Y SEGUNDA VENIDA

Que no haya aparecido entre los fuegos de artificio
es un gesto de respeto a los millones de orientales
que lo ignoran.

Ahora,
es de esperar
que si un gran meteorito se incrusta en la faz de la tierra
los sobrevivientes no empiecen a adorarlo.





PUERTO STANLEY

Dos veces advirtió Cuchulain a Etarcomal,
perdonándole la vida.
“No me iré hasta que mi espada
no enrojezca de tu sangre
–dijo sin embargo Etarcomal–
o tu espada no enrojezca de mi sangre.”
“Si es ésa tu voluntad, ésta es tu hora”,
le respondió Cuchulain, e hizo honor a su palabra.

Diverso fue el juicio de sus pares:
Etarcomal el Valiente, Etarcomal el Breve,
o Etarcomal el Idiota.

Una fama menos perdurable,
pero una vida más larga,
eligieron, por ejemplo, Iollan el Galgo,
o Menéndez el Argentino.





TOKAI

El gran terremoto de Tokai ocurre –decían– cada setenta años.
En 1911 destrozó Tokyo.
Yo estaba en Tokyo en 1981. Recuerdo las advertencias
en el lobby del hotel, en el Times, los baños, las escaleras,
los ascensores vertiginosos.

Por la ventana del cuarto, atemporal e impasible,
la imagen recortada del Palacio Imperial, copiándose a sí mismo.
(Siempre guardé papeles, folletos de tren, tarjetas postales, mapas,
cosas que leer o releer, entregado alguna vez al placer de la nostalgia,
con una ciega confianza en el futuro).

Por lo demás, caminé durante un mes
por calles de símbolos inescrutables
e intercambié reverencias hasta el cansancio,
separado de la realidad.

La insistencia de ese recuerdo –han pasado veinte años–
sólo responde a la simpleza de la metáfora:
un hombre en el mundo, sin entender los signos,
esperando un terremoto.





LIBROS

A mi padre (1917-1977)


Tus libros, finalmente, empiezan a ser míos.
Hojeo al azar
páginas de Sarmiento, tu amado Chesterton,
la prosa de Boissier.
Miro las marcas
en los párrafos que elegías.
¿Por qué no hablamos casi nunca
de estas cosas?
¿Viste en mí
el mismo apuro que observo en ellas
por enfrentar el mundo?
¿Tuviste también la sensación
de una soledad que regresa?





A UNA SOMBRA


el nombre es sólo un sonido
y el eco de la voz —Marco Aurelio


Habrás muerto, supongo, hace más de treinta años,
y jamás te escuchamos hablar de otros parientes.
Toda la familia murmuró por lo bajo
cuando la tía Magda te presentó como esposo.
Oscar Eulogio Gómez, mayor retirado del ejército.
Un hombre de uñas prolijas.
(“¡Faltaría más! Permítame, por favor.”)
Para mí, debo decir, eras un viejo petulante
—ahora lo sé— con la finura fallida del militar argentino.
Aún así, mi primo y yo aceptábamos a gusto
las monedas que nos dabas delante de los grandes
en ostentoso secreto.

Imagino que se estafaron mutuamente.
La habrás seducido con anécdotas castrenses de alzamientos e intrigas,
aludiendo a generales o coroneles del momento
mencionados en confianza por su nombre de pila.
Ella te habrá deslumbrado con las alhajas y pieles de imitación,
y con los veinte años menos, todavía voluptuosos.
Te antecedió en la muerte, sin embargo.
Para nosotros, entonces,
entraste de inmediato en un rápido olvido.

Fue una condena natural.
En realidad, no eras peor que nuestro clan.
Acaso tenías los colmillos más gastados
y encontraste una forma de seguir comiendo.

Un alma más en las aguas del Leteo.
No creo que nadie haya vuelto a nombrarte.
Eso es todo lo que yo puedo hacer.





MAR DULCE

Los primeros barcos trajeron la codicia,
la ralea borbónica dispuesta
a una futura ilustración
bajo el amparo jesuita.

Los segundos barcos trajeron la expulsión,
la muerte en el mar o en el olvido,
el cambio de reino y de barbarie,
la gesta de comerciantes.

Los terceros barcos trajeron el presente,
el hambre meridional amancebada por la carne patricia,
la indignación farisea, las mieses del dolor,
los puertos en suspenso.





LEVIATANES


El desprecio penetra incluso
la caparazón de la tortuga —
Proverbio persa

Donde quiera que estés, la muerte te alcanzará,
aunque estés en torres altas —
El Corán


Puede enseñarse el odio;
un odio claro, paciente, definitivo.

Puede inculcarse el odio
a toda tu estirpe, Ahab.

¿Pero qué hay de tus hombres?
¿Qué hay de los arponeros,

de los remeros, de los vigías,
soñando con el doblón de oro

y con cazar tu ballena
y con el júbilo de esposas jubilosas,

de rameras, de hijos orgullosos,
cuando regresen al puerto?

¿Y qué hay de Starbuck,
sometiendo la certeza a una visión?

¿Cuál es el rostro de Starbuck
para esperar otra suerte?





MANADAS

Son cientos de ñus buscando pasturas.
Y tres o cuatro leones.
Cómo no pensar que
podrían destrozarlos con sus cuernos
por pequeños que sean.
Pero los ñus por naturaleza
ceden a los leones algún hijo.
En eso se parecen a los pueblos.
Detrás de los leones
vienen las hienas.



de FARO VACÍO (1983)


es imposible comunicar la sensación vital de ciertas épocas de nuestra existencia,
lo que es su verdad, su sentido, su esencia sutil y penetrante.
Es imposible. Vivimos, como soñamos, solos —
J. Conrad






PATERNIDAD

A estas fronteras
al planeta que vaga en el cielo majestuoso
sin otro destino

a grandes planicies
a este país de tantas armas
traigo un hijo

yo
que sólo soy árido y confuso





THE SEAFARER

También voló Dickie
y me decía de un puesto en australia
o arabia saudita
hasta comprar un velero.

Dickie el inglés
que vivió veinte años al lado de casa.
No será la última vez, le dije.
Pero no sé.

Un lobo sangrante escarba la nieve.





ISLAS

Qué lejos estamos
Uno en cada costa del mar buscando amantes para
la noche estableciendo el pasado lo que cuenta al final
después de la carne.

O no. Qué cerca estamos, como es posible en cada costa del mar
buscando amantes para la noche entrada
estableciendo el pasado al final lo que cuenta después
de la carne.

Ah, mi cuerpo de hierro odia mi corazón de agua.

No despliegues las alas entumecidas
ni la importante envergadura de tus viajes porque tiemblo:
en el horror de la calle
con el rumor acabado de las cosas.

Ah Michele o Ana enterrada o María o
no sé.
La noche es cálida y tranquila. Sigo rodando,
embrutecido, sigo con fuerza.





ACANTILADOS


Oh Placer, hasta al gusano fue dado el éxtasis —Schiller


Sólo los faros en la sombra.
El pavimento mojado como una blusa.
Duermes aún? Duerme la blanca paz de los ciervos,
mi respuesta sería un vidrio.
Duermes aún carroña?
Sigue el concierto.
Se hunde la luna en el mar helado,
muerde los árboles el frío.
Debiera hacerme añicos en brazos de la armonía.
Vaciar el sentimiento
que nos pudre.





PUNTA MOGOTES

Tablas de gozo en la orilla salada;
nacido en las dóciles dunas del faro
cuando el sol era un topacio tibio del océano.
Tablas de plenitud en la puesta
con las últimas ráfagas;
nacido en las arenas blancas del deseo

yo,
feligrés orgulloso de los pilotes del muelle
tendido al sol cuando una red agrupaba los cuerpos hermosos
en una batalla de cisnes ensangrentados
yo, que dije:
reviente el universo en pedazos innumerables
si el edén prometido no contiene las almas vagabundas

nacido en la cálida ruta del verano bajo las carpas
mientras el tiempo era música en los días ociosos,
llego a la costa en invierno cuando no hay
nadie,
como el remo partido o la jábega rota
devueltos por la marea.




Uno de esos condenados sin remedio será Arquelao, según creo,
y lo serán cuantos sean tiranos de esa especie —del Gorgias



En un lugar de Polinesia, creo,
miles y miles una noche
los pájaros caían en picada contra el piso.
Así daba las órdenes yo
de los motores.
La muerte es otra cosa así de cerca y miserable.
Toda una noche, como aquella, fría.
Elijo el destierro.
¿Qué saben ellos en la Asamblea?





VALS DE ANOUK

Anouk
de la rue Lepic
a quien vi una vez en la sombra
muertos de amor tristes de amor
entonces

o sólo vi en la sombra
una mujer de nombre esquimal que no recuerdo
salvo su foto en el sahara
su foto hermosa en el desierto apenas
una vez

en una atmósfera quieta un poco triste
quizás dijera alguna cosa
porque era bella
yo no sé como ahora
pero bella

la conoció un sujeto alguna vez
la quiso bien y futilmente
hasta el otro día
en que que la calle era el plomo de las nubes

de las mismas nubes.





BALLERINA

Su recuerdo inevitable
su cuerpo terrible,
aceitunado
Su trampa, su telaraña
aquellos vestidos
Su corazón vacío en el que todos dejamos
una noche
sus desayunos
las tristes bofetadas de la aurora.





Nunca pasó la muerte vuestra
ni el pasado
ni los árboles o los silbidos de la tormenta.
Ni nunca pasó el café entre las manos de los vivos
la piedad entre las almas de los vivos
ni el tiempo.

Nunca pasó la muerte vuestra
ni el pasado
ni el mes de julio tan alejado de la luna
ni el mes de enero.
O caminar la violenta avenida del regreso
o besar el miedo de la casa
o hundir meramente la cabeza, como tercas medallas
como largos veranos.

Nunca pasó la muerte vuestra ni la vida
ni el pasado
sino que fue la pesadilla de siempre
el mar de ignorancia, la caída del catre
las ironías de la historia y las demás palabras.





NAYIB CHAMMÁS

Según un tatuaje del brazo, en 1881
nació en Líbano, en Amioun,
hijo de Abraham y Futín.
A los 14 años se fue a Pensilvania, Pittsburgh y Filadelfia
y otras ciudades
a vender peines, tabaco, botones y baratijas a los mineros.
Luego discutió con sus hermanos, dejó el dinero
y comenzó la vuelta.
Anduvo por Budapest, en el reino de Hungría,
Praga y Varsovia que eran pobres,
burgos y villas con los primeros humos de la centuria
y aldeas atadas al borde de los caminos, como cruces
pecados
o el mirar de los viejos;
tarde o temprano, hijas todas de la guerra.
Más años pasaron
y en Arabia
se unió con Ada, de quince, en invierno.
Llegaron a Guadalupe y tuvo negocio,
una quinta y ocho hijos
—algunos mejores que otros—
tres varones y cinco mujeres. Una de ellas fue mi madre.
En 1913
Santa Fe volvió a inundarse hasta la quiebra de los comercios.
Se levantó y se hundió más veces, y terminó hundido.

Siempre pasaron los años;
luego comenzaron a morir: Ada, mi abuela; Antonio, mi tío; Magda,
y mi madre.
En Buenos Aires por fin,
todavía fascinado por América,
flaco y recordando a su mujer murió en brazos de mi tía.
Noventa y seis veces llegó a ver el cambio de estaciones,
y si Dios no existe, su paso por la historia o la tierra
habrá sido en poco tiempo una mentira, lo que una gota
como siempre, es en el fondo de río despiadado,
o ni siquiera, inconmovible.

Gerardo Gambolini, Arañas, Libros de Tierra Firme, Bs. As., 2007