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domingo, 14 de febrero de 2010

ARAÑAS


DIATRIBA

Nessim diría que moran en tí los enfermos,
los profetas, los solitarios,
todos los que fueron hondamente
heridos en su sexo.

Oh tierra estúpida,
ajena del mar,
tus jóvenes pasan con música muerta en el rostro

Oh, suelo de beatas y procesiones,
de actos cívicos y parlantes defectuosos,
tierra sin otra epopeya que los domingos

Que la anarquía te arrase
y te funde, acaso, nuevamente.


Santa Rosa de Calamuchita, 1998




ANALES

El crápula y las súcubas
una corte de lameculos
los Templarios
el leve interregno
y un grave defecto del Islam

El territorio que asciende
ufano
al infierno.





REGNAUT de BEZIERS

“Exquisita la joven, y dulce con todos
—vuestro gusto nunca ahorra—
En cuanto a lo otro,
veo con hábito, Sire,
que detrás de las palabras
no siempre anida un cerebro,
tal órgano magnífico y sutil.
Si puedo decirlo,
intuyo que muchas voces
son gobernadas por simples
bolas de mierda.”





PERFILES

Un grupo de jubilados sube en Embalse al micro semivacío.
Su manera viscosa de avanzar por el pasillo;
los bolsos, los alfajores,
las bromas de contingente.

Volvemos a la negrura de la ruta
apenas alterada cada tanto
por las luces de un auto.
Almas en tránsito

o mero pasaje de la carne.
Una especie de Brueghel;
el silencio del sueño nos concede
alguna dignidad.





COMISION

Id, cantos míos, contra el terror de provincias
el cincelado miserable de la rima
Id contra el sarcasmo de la urbe
contra la paridad del pensamiento hostil
(Un sujeto medio con más vocabulario cada año)
Id contra toda inmediatez
id contra el lenguaje inteligente
Id, por fin, contra la abundancia de la época.
Claváos como dardos en el silencio.





LITTLE HORSE

Ahora pienso que la actitud del consorcio
no era sólo benevolente con Johann, el portero,
que a veces recordaba las trincheras alemanas.
En los hechos, todos temían el celo
con que alimentaba la caldera.
El senor Pencel, un arquetipo de la mesura intrascendente,
y su hija, salida de un Degas, inmerecidamente etérea.
Luego los Fuchs, con un número indeterminado de hijos,
y los Bourbon, una trilogía de boxers
aparentemente próspera.
Los Ainsestein, y aquella madre con aspecto de Treblinka;
acaso la única familia del consorcio más escandalosa que la nuestra.
El Sr. Maniglia tenía un rito particular:
cuando se le escapaba un pájaro de alguna jaula,
ponía un cebo en la vereda de enfrente
y esperaba hasta que se acercase, las horas que fuera.
Entonces le pegaba un tiro.
Un edificio que nunca
termina de derrumbarse.





ARAÑAS

Mientras no se excedan de tamaño y de costumbres,
les permito habitar en las vigas del techo, la baulera del placard,
algunos rincones del baño, el espacio detrás de la heladera,
el área de las patas, debajo de la cama.

No me gustan particularmente, no me molestan.
Las uso para pensar en lo diverso y lo efímero.
A veces me cambia el humor y las mato
sin remordimiento. Mi espanto
no es de este mundo.





OUTREMER

Calcinémonos bajo este sol impiadoso,
huraños, malolientes;
marchemos agotados padeciendo el frío de la noche,
dejemos las heces a nuestro paso
y arrasemos las aldeas,
violemos a las mujeres pensando en nuestras esposas,
robemos el agua y la comida y el licor y la hacienda,
sepamos
que el tiempo hace gestas con estas inmundicias
y que hablarán de nosotros con la pompa de los claustros.





WALDEN

I. Dejo el bosque definitivamente
para volver a las construcciones humanas.
El silencio también
engendra peste.

II. La realidad se vuelve más sospechable y fragmentaria
cada invierno.
Ordeno palabras, pulcra, pasivamente.
La primera persona del plural
me parece por momentos un abuso.

III. Cada vez más
aspiro únicamente
a las buenas imitaciones.

Los verbos empiezan
a conjugarse en pasado.





LOS VISITANTES DE LA NOCHE

Nunca volví a saber
de Alain Cuny, o del actor que hacía el diablo,
o de la voz de Michele Arnaud.
Hace años,
hubo para ellos una leve inmortalidad.

Dónde está la cámara
que nos filma a nosotros
antes de que entremos para siempre en el silencio
habiendo callado tantas cosas.





TRISTÁN

Injusto ni triste acaso
fue el término,
pues, ¿cómo sostener el alma arrebatada
entre la turbia gravedad del mundo,
sobre la tímida escala
de nuestros propios corazones?




todas las cartas de amor son ridículas —F. Pessoa


Tu barco sale el lunes.
No encuentro gran cosa que decir, en realidad.
Sólo impresiones,
los restos del viaje.
La intuición de otro puerto vacío.





UPPER WEST SIDE

a M. D.


Después de la ciudad está el museo.
Los dioses me hablaron: las máscaras,

las armaduras, las hojas de palma.
Las columnas y las ánforas me hablaron:

La cerámica, el granito, los bustos reconstruidos,
los ojos huecos

el tiempo curvado como una espiga.
La seda y la filigrana y las ceremonias me hablaron:

el roble que permanece,
la tarde y el cuerpo avanzando hacia la noche.

No la dejes ir –me decían– no la dejes ir.





DOMINGO DE PADRE

Estamos los cuatro mirando televisión.
Pompeya se mezcla con los restos del almuerzo
enfriándose en la mesa.
En una pausa, les hablo de los volcanes y les cuento que Arshes
veranea en Santorino, la Atlántida misma, dicen.
Nicolás abre los ojos. Ana cambia de canal. Lucía retira los platos
y pone agua para el café.
A lo largo de la tarde haré bromas, comentaré cosas por decir algo.
Después se irán.
Por suerte, lo ignoran. Cada domingo que vienen,
cada día que transcurre, fugaz e insuficiente,
sólo construyo una parte de sus recuerdos.





ESTACIONES

Bajo las escaleras.
Nada; las venas.
Ninguna idea en particular.
Y entonces las caras en el andén
ya no son dignas, adustas,
vulgares, inexpresivas.
Sólo son cuerpos
más cerca o más lejos que el mío
de su destino.





ARTE HOSCO

Has escrito al final de los surcos
donde el poeta del Liffey puso headland.
Has afrentado a la niña muerta
de Swansea.
Has escrito olmo-roble en la campiña
sin entender al pisano.
Has escrito presumir,
sin saber si era jactancia o conjetura.
Has rebajado el parlamento de Lorenzo
al habla de un capellán.
Has elegido nombres y verbos
sacrificando ecos.
¿Seguirás escuchando siempre
tus propias palabras?
¿Seguirás traduciendo mundos
por una causa insignificante?





LOS CORRECTORES DE ESTILO PENINSULARES

Vuestra herencia de la Mancha os da la potestad:
con celo implacable, inquisidor,
la tinta roja de vuestra pluma sentencia y endereza
el extravío de estos mares.
Ya no hablaré de inusual sino de infrecuente,
ya no diré en contraste sino por el contrario,
y espero además no coger frío.
¿Por qué no marcháis un poco
a la puta madre que os pariera?





MARINA

Desierto,
escorado entre el guano y las algas de la arena.
Un pájaro apostado en la cruz de la mesana.
El ajetreo, los puertos de ultramar grabados aún
en la madera reseca.
Una majestad que el agua dulce ignora.





CICLOS

Tendría seis o siete años
cuando subiste al Empire State
y volviste fascinado por aquella imponente
proximidad al cielo.

Recuerdo exactamente el color de la valija,
tu entrada por el vestíbulo de casa,
los regalos que trajiste de aquel viaje,
aunque me cuesta recomponer tu cara en mi memoria.

Nicolás entiende tu existencia de una manera simple,
como un dato; tiene ocho años ahora,
y hace unos meses subí yo al Empire State
fascinado por los puentes y la nostalgia.

No sé qué pensó durante mi ausencia.
Acaso pensó en mí,
pensando en él, y en Ana y en Lucía,
a través del Hudson,

soltando al Atlántico mi amor a ellos;
acaso vos también hayas sentido
que también nosotros éramos una especie de altura
donde el vapor del mundo se diluye

y el pasado y el presente parecen justificarse.
Y quizás también él ascienda un día a ese raro silencio
que al menos por una vez
da vuelta el alma como una media.

Supongo que son ciclos inexplicables,
códigos del tiempo y del azar.
Sé que vos y yo
finalmente bajamos.





LA POSESIÓN DEL JADE


Primero dejó de ser fácil,
después dejó de ser evidente.


Nuestras ciudades volvieron a separarse.
Mejor es pensar que hubo una pausa
en la fuga del tiempo.
Evitar la certeza,
caminar del brazo en el frío de la avenida,
grabar obstinadamente
el eco de una luz, la efímera
substancia de los gestos.

¿A qué lealtades
pertenece el daño?
Aún serás un norte impreciso
hasta que el hábito ceda.
Ahora sabrás el barro que empuño;
yo sé el minotauro que rige la noche.





HORAS SERENAS

I. por qué ahora
el rostro cautivante
la voz ajena

que duerma tranquilo Urías
la pasión se ha vuelto casta
civil
un mero pensamiento
de oficina

II. por qué ahora
que es tarde
el rostro cautivante
la voz ajena

que duerma tranquilo Urías
la pasión se ha vuelto casta
civil
un mero pensamiento
de oficina

de todos modos
que no confíe





MILENIO Y SEGUNDA VENIDA

Que no haya aparecido entre los fuegos de artificio
es un gesto de respeto a los millones de orientales
que lo ignoran.

Ahora,
es de esperar
que si un gran meteorito se incrusta en la faz de la tierra
los sobrevivientes no empiecen a adorarlo.





PUERTO STANLEY

Dos veces advirtió Cuchulain a Etarcomal,
perdonándole la vida.
“No me iré hasta que mi espada
no enrojezca de tu sangre
–dijo sin embargo Etarcomal–
o tu espada no enrojezca de mi sangre.”
“Si es ésa tu voluntad, ésta es tu hora”,
le respondió Cuchulain, e hizo honor a su palabra.

Diverso fue el juicio de sus pares:
Etarcomal el Valiente, Etarcomal el Breve,
o Etarcomal el Idiota.

Una fama menos perdurable,
pero una vida más larga,
eligieron, por ejemplo, Iollan el Galgo,
o Menéndez el Argentino.





TOKAI

El gran terremoto de Tokai ocurre –decían– cada setenta años.
En 1911 destrozó Tokyo.
Yo estaba en Tokyo en 1981. Recuerdo las advertencias
en el lobby del hotel, en el Times, los baños, las escaleras,
los ascensores vertiginosos.

Por la ventana del cuarto, atemporal e impasible,
la imagen recortada del Palacio Imperial, copiándose a sí mismo.
(Siempre guardé papeles, folletos de tren, tarjetas postales, mapas,
cosas que leer o releer, entregado alguna vez al placer de la nostalgia,
con una ciega confianza en el futuro).

Por lo demás, caminé durante un mes
por calles de símbolos inescrutables
e intercambié reverencias hasta el cansancio,
separado de la realidad.

La insistencia de ese recuerdo –han pasado veinte años–
sólo responde a la simpleza de la metáfora:
un hombre en el mundo, sin entender los signos,
esperando un terremoto.





LIBROS

A mi padre (1917-1977)


Tus libros, finalmente, empiezan a ser míos.
Hojeo al azar
páginas de Sarmiento, tu amado Chesterton,
la prosa de Boissier.
Miro las marcas
en los párrafos que elegías.
¿Por qué no hablamos casi nunca
de estas cosas?
¿Viste en mí
el mismo apuro que observo en ellas
por enfrentar el mundo?
¿Tuviste también la sensación
de una soledad que regresa?





A UNA SOMBRA


el nombre es sólo un sonido
y el eco de la voz —Marco Aurelio


Habrás muerto, supongo, hace más de treinta años,
y jamás te escuchamos hablar de otros parientes.
Toda la familia murmuró por lo bajo
cuando la tía Magda te presentó como esposo.
Oscar Eulogio Gómez, mayor retirado del ejército.
Un hombre de uñas prolijas.
(“¡Faltaría más! Permítame, por favor.”)
Para mí, debo decir, eras un viejo petulante
—ahora lo sé— con la finura fallida del militar argentino.
Aún así, mi primo y yo aceptábamos a gusto
las monedas que nos dabas delante de los grandes
en ostentoso secreto.

Imagino que se estafaron mutuamente.
La habrás seducido con anécdotas castrenses de alzamientos e intrigas,
aludiendo a generales o coroneles del momento
mencionados en confianza por su nombre de pila.
Ella te habrá deslumbrado con las alhajas y pieles de imitación,
y con los veinte años menos, todavía voluptuosos.
Te antecedió en la muerte, sin embargo.
Para nosotros, entonces,
entraste de inmediato en un rápido olvido.

Fue una condena natural.
En realidad, no eras peor que nuestro clan.
Acaso tenías los colmillos más gastados
y encontraste una forma de seguir comiendo.

Un alma más en las aguas del Leteo.
No creo que nadie haya vuelto a nombrarte.
Eso es todo lo que yo puedo hacer.





MAR DULCE

Los primeros barcos trajeron la codicia,
la ralea borbónica dispuesta
a una futura ilustración
bajo el amparo jesuita.

Los segundos barcos trajeron la expulsión,
la muerte en el mar o en el olvido,
el cambio de reino y de barbarie,
la gesta de comerciantes.

Los terceros barcos trajeron el presente,
el hambre meridional amancebada por la carne patricia,
la indignación farisea, las mieses del dolor,
los puertos en suspenso.





LEVIATANES


El desprecio penetra incluso
la caparazón de la tortuga —
Proverbio persa

Donde quiera que estés, la muerte te alcanzará,
aunque estés en torres altas —
El Corán


Puede enseñarse el odio;
un odio claro, paciente, definitivo.

Puede inculcarse el odio
a toda tu estirpe, Ahab.

¿Pero qué hay de tus hombres?
¿Qué hay de los arponeros,

de los remeros, de los vigías,
soñando con el doblón de oro

y con cazar tu ballena
y con el júbilo de esposas jubilosas,

de rameras, de hijos orgullosos,
cuando regresen al puerto?

¿Y qué hay de Starbuck,
sometiendo la certeza a una visión?

¿Cuál es el rostro de Starbuck
para esperar otra suerte?





MANADAS

Son cientos de ñus buscando pasturas.
Y tres o cuatro leones.
Cómo no pensar que
podrían destrozarlos con sus cuernos
por pequeños que sean.
Pero los ñus por naturaleza
ceden a los leones algún hijo.
En eso se parecen a los pueblos.
Detrás de los leones
vienen las hienas.



de FARO VACÍO (1983)


es imposible comunicar la sensación vital de ciertas épocas de nuestra existencia,
lo que es su verdad, su sentido, su esencia sutil y penetrante.
Es imposible. Vivimos, como soñamos, solos —
J. Conrad






PATERNIDAD

A estas fronteras
al planeta que vaga en el cielo majestuoso
sin otro destino

a grandes planicies
a este país de tantas armas
traigo un hijo

yo
que sólo soy árido y confuso





THE SEAFARER

También voló Dickie
y me decía de un puesto en australia
o arabia saudita
hasta comprar un velero.

Dickie el inglés
que vivió veinte años al lado de casa.
No será la última vez, le dije.
Pero no sé.

Un lobo sangrante escarba la nieve.





ISLAS

Qué lejos estamos
Uno en cada costa del mar buscando amantes para
la noche estableciendo el pasado lo que cuenta al final
después de la carne.

O no. Qué cerca estamos, como es posible en cada costa del mar
buscando amantes para la noche entrada
estableciendo el pasado al final lo que cuenta después
de la carne.

Ah, mi cuerpo de hierro odia mi corazón de agua.

No despliegues las alas entumecidas
ni la importante envergadura de tus viajes porque tiemblo:
en el horror de la calle
con el rumor acabado de las cosas.

Ah Michele o Ana enterrada o María o
no sé.
La noche es cálida y tranquila. Sigo rodando,
embrutecido, sigo con fuerza.





ACANTILADOS


Oh Placer, hasta al gusano fue dado el éxtasis —Schiller


Sólo los faros en la sombra.
El pavimento mojado como una blusa.
Duermes aún? Duerme la blanca paz de los ciervos,
mi respuesta sería un vidrio.
Duermes aún carroña?
Sigue el concierto.
Se hunde la luna en el mar helado,
muerde los árboles el frío.
Debiera hacerme añicos en brazos de la armonía.
Vaciar el sentimiento
que nos pudre.





PUNTA MOGOTES

Tablas de gozo en la orilla salada;
nacido en las dóciles dunas del faro
cuando el sol era un topacio tibio del océano.
Tablas de plenitud en la puesta
con las últimas ráfagas;
nacido en las arenas blancas del deseo

yo,
feligrés orgulloso de los pilotes del muelle
tendido al sol cuando una red agrupaba los cuerpos hermosos
en una batalla de cisnes ensangrentados
yo, que dije:
reviente el universo en pedazos innumerables
si el edén prometido no contiene las almas vagabundas

nacido en la cálida ruta del verano bajo las carpas
mientras el tiempo era música en los días ociosos,
llego a la costa en invierno cuando no hay
nadie,
como el remo partido o la jábega rota
devueltos por la marea.




Uno de esos condenados sin remedio será Arquelao, según creo,
y lo serán cuantos sean tiranos de esa especie —del Gorgias



En un lugar de Polinesia, creo,
miles y miles una noche
los pájaros caían en picada contra el piso.
Así daba las órdenes yo
de los motores.
La muerte es otra cosa así de cerca y miserable.
Toda una noche, como aquella, fría.
Elijo el destierro.
¿Qué saben ellos en la Asamblea?





VALS DE ANOUK

Anouk
de la rue Lepic
a quien vi una vez en la sombra
muertos de amor tristes de amor
entonces

o sólo vi en la sombra
una mujer de nombre esquimal que no recuerdo
salvo su foto en el sahara
su foto hermosa en el desierto apenas
una vez

en una atmósfera quieta un poco triste
quizás dijera alguna cosa
porque era bella
yo no sé como ahora
pero bella

la conoció un sujeto alguna vez
la quiso bien y futilmente
hasta el otro día
en que que la calle era el plomo de las nubes

de las mismas nubes.





BALLERINA

Su recuerdo inevitable
su cuerpo terrible,
aceitunado
Su trampa, su telaraña
aquellos vestidos
Su corazón vacío en el que todos dejamos
una noche
sus desayunos
las tristes bofetadas de la aurora.





Nunca pasó la muerte vuestra
ni el pasado
ni los árboles o los silbidos de la tormenta.
Ni nunca pasó el café entre las manos de los vivos
la piedad entre las almas de los vivos
ni el tiempo.

Nunca pasó la muerte vuestra
ni el pasado
ni el mes de julio tan alejado de la luna
ni el mes de enero.
O caminar la violenta avenida del regreso
o besar el miedo de la casa
o hundir meramente la cabeza, como tercas medallas
como largos veranos.

Nunca pasó la muerte vuestra ni la vida
ni el pasado
sino que fue la pesadilla de siempre
el mar de ignorancia, la caída del catre
las ironías de la historia y las demás palabras.





NAYIB CHAMMÁS

Según un tatuaje del brazo, en 1881
nació en Líbano, en Amioun,
hijo de Abraham y Futín.
A los 14 años se fue a Pensilvania, Pittsburgh y Filadelfia
y otras ciudades
a vender peines, tabaco, botones y baratijas a los mineros.
Luego discutió con sus hermanos, dejó el dinero
y comenzó la vuelta.
Anduvo por Budapest, en el reino de Hungría,
Praga y Varsovia que eran pobres,
burgos y villas con los primeros humos de la centuria
y aldeas atadas al borde de los caminos, como cruces
pecados
o el mirar de los viejos;
tarde o temprano, hijas todas de la guerra.
Más años pasaron
y en Arabia
se unió con Ada, de quince, en invierno.
Llegaron a Guadalupe y tuvo negocio,
una quinta y ocho hijos
—algunos mejores que otros—
tres varones y cinco mujeres. Una de ellas fue mi madre.
En 1913
Santa Fe volvió a inundarse hasta la quiebra de los comercios.
Se levantó y se hundió más veces, y terminó hundido.

Siempre pasaron los años;
luego comenzaron a morir: Ada, mi abuela; Antonio, mi tío; Magda,
y mi madre.
En Buenos Aires por fin,
todavía fascinado por América,
flaco y recordando a su mujer murió en brazos de mi tía.
Noventa y seis veces llegó a ver el cambio de estaciones,
y si Dios no existe, su paso por la historia o la tierra
habrá sido en poco tiempo una mentira, lo que una gota
como siempre, es en el fondo de río despiadado,
o ni siquiera, inconmovible.

Gerardo Gambolini, Arañas, Libros de Tierra Firme, Bs. As., 2007

sábado, 13 de febrero de 2010

ATILA Y OTROS POEMAS




I


Creo en la Noche y la Discordia, la Ira
las Parcas
Y en Zeus, dueño del rayo
y algo degenerado.

Imagen
y semejanza.





PUEBLOS

Qué importa el mundo en Quijano
Guachipas, Huacalera
o qué importaba en Auxerre aquellos días?
Vino, liebres
y bruma.

Qué importan Quijano, Guachipas
o aquellos días de Auxerre
en el mundo?





El viento dice: "Soplo sobre la vasta ciudad
la calma demolición de la niebla.
Soplo sobre la vasta ciudad de las cenizas."
Ciudad de las cenizas.
Cenizas.
Rincones de la aldea.

Puentes amargos, pasajes admirables,
hojas de plátano barridas;
calles en que la luz es falsa y atrayente.
Hay un espíritu aquí?
En cada piedra, en cada solitario, en cada imperfección?
Hay un orden aquí para las almas,
los cuerpos, los oficios, los jóvenes
imbéciles?

Ay de nosotros, sepulcros blanqueados!
Una radio triste en madrugada
arrojando la oscura eternidad
contra los ojos.

El viento dice: "Soplo sobre la vasta ciudad
de las cenizas."
Quedan el aire que sudó la oligarquía,
la imitación de los pobres,
las casas de Olivos y Belgrano,
el flirteo banal
de las parejas en la noche.





RELACIONES

Todos traemos el pasado hasta la mesa;
bromas, ideas. Conductas que no cambiaron,
ni cambiarán con el tiempo,
y el silencio especial que permanece, velado y obvio,
en el silencio de siempre. Euforia y melancolía.

El tiempo debería ser una emoción intolerable,
un estudio paciente.
En cambio cenamos. Repetimos el ciclo de todo lo que existe.
Más tarde, sabremos que haber o no logrado algo,
pensar de un modo u otro -incluso no pensar- carece de importancia.

Nuestras figuras se atraen o se rechazan, eso es todo.
Esto se aprende despacio y luego se olvida.
Tal vez hubiéramos deseado haber dicho palabras diferentes,
agregarnos a una lista de muertos honorables; y lamentamos
tal vez, el paso del tiempo.
Seguimos a mares de la vida.
Los días se parecen a nosotros: nacen y caen, brillan
y la noche los borra.
Nos abrazamos, Helga. Nuestra pequeña cama en este lugar incierto.

Preguntaré otra vez a qué nos conduce todo esto,
qué glaciar ignorante y eficaz
sepultará los huesos bajo su vientre blanco;
los huesos de mis hijas. Soñamos, tal vez. Dormimos
dormimos





La proa se hunde y se alza: esto es
el ciclo más simple del dolor. Voces que faltan,
ojos que faltan en la vida.
Barcos que llegan o parten a destiempo.
Y luego pensar una pasión, fingir una pasión,
desear una pasión.
Soportar la soledad que imaginaron otros hombres.

Qué podría salvarnos del olvido?
Ni fantasías piadosas, plegarias,
pinturas en la piedra
Ni el amado esplendor de las ciudades.
Ante nosotros el mar,
el cuerpo cansado,
las semanas eternas como islas.
Y el aire de los pulmones se mezcla con cada punto oscuro
de la noche. Un haz de huesos
en delicado equilibrio.





NAVEGANTES

Hubo una Ilión. Escila, Caribdis,
el mar benefactor y perverso,
los dioses enfrentados en la guerra.
Han habido los hidalgos, catedrales,
bosques animados, rehuídos en silencio,
baladas de amantes que se alejan, de espectros, de marinos,
palabras perfectas
como decir que la muerte viene tan callando,
o hizo con sus cabellos un arpa cuyo sonido
derretiría la piedra.

Han habido otras ciudades; tiempos diferentes.
No consideremos que mataban o morían como ahora.

Los muertos, en el pasado, se unen con la belleza.
Uno goza las cosas y lamenta su ausencia.
No hay flaqueza en el lamento.
Nosotros navegamos en este sueño;
aquí hallamos la fuerza.
En este mar miramos el porvenir.


II

HELSINGØR

Las albas son desoladoras.
Afuera en la cubierta que los pájaros rozaban
como balas, o fuegos de artificio,
yo guardaba una lata de cerveza
y miraba de lejos Dinamarca.
Lo real se desvanece, como todo.
Sólo viento cabalgando entre las nubes.





EL VAGABUNDO DE HAMBURGO

I.

Las horas negras había
la nieve en la calle
el cumpleaños de unos espectros

triste había
como un árbol en palermo o la costanera
mirando el río

las horas negras había
el claro de luna
las sombras de las iglesias

II.

Solo doy vueltas en la ciudad ahora
Si lentamente cayera
la última noche también en este infierno

el de los santos y los cretinos
el de los hombres tristes
y el profundo rostro de algunas mujeres

Otra cara de la muerte era la mía
otra la ropa
otra cara de la muerte era el ruido.

III.

Las horas blancas había
la risa y la música en los escotes hondos
y las monedas

como campanas sin trabajar
como relojes lánguidos
o bancos de bruma

las horas blancas había
el claro de luna
las sombras de las iglesias





PLAYAS

Retengo imágenes de entonces: el agua, los médanos
el sol en las escolleras,
el aire oxidando las bicicletas abandonadas.
Hablamos tanto durante días.
Nos clava la ironía. Tampoco era el cielo.
Ahora pierdo palabras cada año.
No amo a los hombres.
No odio a los ricos.
No lucho. No soy Quijote.

Ah, que pase el tiempo!
Siento, como los viejos, gran gozo
enorme tristeza al recordar.
Que pase el tiempo.
Y que el verano nos lave.





VIGILIA

Paisaje pobre en realidad:
balcones poblados,
ventanales abiertos a la brisa,
batas en la blanda piel de las mujeres.
Esto es un cuarto bien iluminado en un barrio decente.
El año del jabalí.

Acabo de cenar.
Todas las tormentas aquí soy yo.
Todo lo sucio y lo limpio soy yo a la medianoche,
mientras la niña duerme
y Helga duerme.
Es siempre así, antes de la batalla.
Qué batalla, pregunto. Qué grave enemigo.





BRISTOL

La brisa sopla del norte
suave y salina;
lejos de todo
el Atlántico descansa
meciendo peces

Velas del mar
dormido en los primeros calores de setiembre.

Prefiero seguir en esta mesa
dejando el tiempo mientras un mozo me sirve.
Miro la rambla,
los cuerpos tirados en la arena,
el pálido color de una sombrilla.

Las nubes trabajan lentamente;
lejos de todo
el Océano descansa

Pasan penélopes perdidas.





TRENES

Más tarde, en otra ciudad de tantos campanarios, oí un tañido.

Era la torpe nostalgia de los viajantes
por cosas que en realidad no me importaron nunca:
el vino que nunca tomo,
los barrios de los que siempre escapo,
la calidez malvada de la gente.

Nostalgia, dije, o fiebre. No hay mejor irlandés
que el de la Tierra del Fuego,
mejor inglés que el de Bombay o Alejandría,
mejor argentino que el de la Europa culta, arrogante
frívola y tirana.
Como nosotros, ciega.

Fue sólo el tiempo, la ingenuidad,
el gusto de cruzar una frontera:
cualquiera sabe que las cosas ocurren en todos lados
con nombres igualmente evocadores.
Nombres que uno siempre se repite.





Terminados los viajes, aquietado el tiempo
y casi olvidado el aire de madrugadas
brillantes e indignas,
el desparpajo que uno pierde solamente
por imbécil

escribo ahora, no desde el mundo,
no desde el drama, la risa
o la victoria, o la derrota del mundo,
sino desde el fuerte vencido
de la memoria.

Asfalto, calles, caminos,
la forma de las casas y los mares,
y los muelles, y las ruinas,
y las fotos, y las fotos de los muertos.
Sobre todo las fotos de los muertos.

Los años pasaron desde entonces.



III

I moan in sleep when I hear afar
their whirling laughter
—Joyce
Levanta el día
Que nuestro rey borracho festeje otra victoria.
Qué calle es esta donde camino,
qué gente es esta que grita
bailemos! como rapiña

Cualquier huída tendr auditorio,
cualquier hastío.
Ninguna playa calmará el exilio.
Sólo cadenas esperan en las esquinas;
sólo sirenas

Qué gente, qué ira, qué río feroz una mañana
son estos?





CRUZADOS

Octubre oculto por el rocío.
El orgullo abatido en una roca,
el yelmo transpirado en las rodillas.
Oh, hermosa nada, donde era fácil,
donde el Señor mostraba su eterno rostro!

Ahora volver, habiendo fallado.
Vigilar el abrazo inarmónico del tiempo,
avanzar como quien vaga en un abismo,
llegar a la oscura habitación
de nuestra carne.

Ahora volver a la costa castigada,
hacer la provisión para el invierno,
repetir cada crepúsculo cansado: aún estamos vivos,

aún estamos vivos.





LE CHAT NOIR

Tunas y lobos y águilas rotas
por el cantar de la luna.

Las secas mujeres en los hombres sordos
bajo la nieve;
oh blanda, inmaterial, tiznada,
blanda nieve tiznada por el carbón
y el oro

Tunas y águilas altivas.

La luz detenida en los ángeles,
las cúpulas rotas, las faldas bailarinas.
Cantando los tomadores, segando el invierno.
Luego las sombras,
las lenguas

Y el corazón de la noche.
El barro en el barro.
Los siete cálices en el caballo asesino.





POENA DANNI

No tengo fuerza ni fe
para ganar el cielo de los católicos.
Supongo que hice méritos
para el fuego que preparó el demonio
con sus ángeles - hermosos,
hasta pecar de soberbia.
Un infierno fétido y estrecho.

Acaso haya un dios menos importante,
un cielo más bajo,
sencillo, paralelo.
Un dios que nos considere:
los hombres de la carne y de la duda,
los que sin fuerza ni fe
soportamos el paso por la tierra.
O el tiempo.

La tierra que nadie hizo.
El tiempo, que un tirano pensaría.





FAILED SHOGUN

Aunque débiles, pálidos,
tengo unos pensamientos
aún; leña, guijarros,
toses de la vigilia.
Por ejemplo, me habrás mirado esa vez
con gusto fingido,
con el sopor de novia?
Te habrá pasado el tiempo igual que a mí?
El tiempo o nosotros han pasado, es cierto,
y tanto da...

Hace un año en diciembre
junto a una actriz dormida,
ingenua y desnuda,
yo esperaba el paso de los aviones:
Sobre el violeta nevado de los techos,
en el temor de la noche,
leyendo un libro.
“Cuando una guerra estalla, la gente dice:
No va a durar, es demasiado idiota.”

Ah, viajar...
Probar el agua de los hoteles.
El sol asoma lentamente.
Cerezos en flor.

Gaínza, Pilon, Karl Johans,
calles vacías.
Ante una hoja en blanco me siento y escribo.
Más vieja es la bruma ahora
que vino el invierno,
las casas, la orilla,
el parco número de voces.





INOCENTES

Llegamos a esto: una áspera luz,
una cama de hierro,
un ropero de estilo. Y espejos.
Estamos atados a un raro mecanismo.
La sangre, las palabras, el ritmo de las cosas.
Serpiente y bruma.
Démonos besos ahora.

Veo caer las piedras de nosotros.
Un juego sobrio, una mutación interesante.
Es notable,
son patéticas las cosas.
Después es tiempo, paciencia, ingenuidad,
indignación, estupidez,
talento.



IV


‘Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas’, dijo Clea en una ocasión:
Quererla, sufrir o hacer literatura’
—L. Durrell





No fuiste nunca una mujer
que se sentara en silencio a mirar un jardín
detrás de un vidrio
ni que asomara con gracia por los pasillos
de un viejo departamento
ni fuiste jamás una mujer
—la sombra de una mujer—
que caminara entre muebles y adornos con orgullo
pena o decoro como en los cuadros ni audaz
buena
torpe o alegre como una joven,
o al menos callada.
Madera, mármol y terciopelo.
En lugar de estos sueños
no fuiste humilde ni delicada
sino la empleada de un escribano
esperando que pusiera su mano entre tus piernas.





SOLEDADES

Pienso en nuestras húmedas reuniones
al final de un pasillo
bajo la sórdida luz y el incienso.
El humo asciende de los cuerpos
sin juntarse jamás.
Sólo neblina
Ni etéocles ni polínice. Ni siquiera atavismo.





LAZY SUNDAY AFTERNOON

Funesto fue no conciliar.
No conciliar, por ejemplo, nuestra vida
reducida a un espacio de ochenta cuadras
—excluídas las vacaciones—
con nuestro rechazo exasperante,
hacia la hora de la siesta.

Y el horizonte perfecto,
el dinero ahorrado para nada,
el futuro pasar de los domingos.
No hubo nada peor que los domingos.
Creo que la vida es un sistema
de pensamientos crueles.





Esperar la marea. Oh muerte, muerte
Siempre la nieve dentro del grito.
Reducido sin más a rescatar las velas
con el muñón de una delicia.

Te encuentro en la última calle
a regalarte una hebilla valiosa como la furia
o el tiempo gastado para siempre
para siempre.
Pero nunca vienes a la cita

Lo que es grave como el mar
y doloroso.





Perfecto, Catulo,
lo que dice una mujer
hay que escribirlo en el viento
sobre la onda que huye.
También lo que pensamos,
lo que enseñamos como oráculos falibles.
Sueños, arena.
Lo que juntamos entre las albas
Sobre la onda que huye.





PRESAGIO

Canta, oh diosa, la cólera
la gran pérdida de Helga
Oh noche endeble, canta la pérdida de Helga, la noble
la turra. La aún hermosa
Canta, oh luna, la cólera, el deseo

Canta por fin, oh viento
la suerte de Helga, la miserable
la fuerte y altiva,
la que ha partido
la de su amante necio.



Non trovo scudo ch'ella non mi spezzi nè loco che dal suo viso m'asconda —Dante


Hénos aquí, mortales,
vulgares,
entre restos de honor y de virtud.

Alás, perfecta,
estúpidamente oculto en el lenguaje
he entrado siempre en la pasión
como en un reino malsano.

La distancia de tu cuerpo no hiere menos
que tu espíritu en fuga.

Pegaste, putísima, como los púgiles diestros,
fuerte, seco,
en el momento justo.





CIRCE

Ahora que ya no existes
que apenas eres una idea que entibio
como el opio
Te retiro el derecho de usar mi alma.
Soy voluntariamente libre
para escandalizar mi vida en el dominio
de otra esfinge;
¡Mi vieja Circe, me purifico!

Tu favor me importó más que la muerte
pero el azar ordena un poco el movimiento.
Ahora quiero cifras; cifras y viages egeos
en compañía de mi fortuna.
Ya no hay rencor en mi palabra.
Yo soy ahora el arqueólogo delfín disfrutando a gusto
del espacio
y tú, probablemente,
la misma mujer hermosa de la urbe.





TROBA DE MALDECIR

Dulce amor
el otoño nos dejó sangrando
y se fue bastante
Ahora
véte con tu cazador
si te ofreció comida
entre tanto destino.



V


Apenas un baño en este hospital
interrumpe el silencio
de la luna

Ha muerto
ha muerto y no llueve
y nosotros

abriendo la niebla de la mañana
unidos por el miedo.





FINISTERRE

I - El río, los cambios de luz y de estación,
las casas que sugieren un pasado decoroso.
Sólo un opaco fragor
de los asuntos humanos.
Es cierto, las noches son más frías
y el tiempo se demora entre los bancos de niebla.

La ira parece innecesaria; persiste apenas
la ausencia del mar,
la impresión de vidas y de muertes que se hilvanan
a un mismo nacimiento.

II - Un plato, un vaso, una silla;
un cielo insulso y leve, blanquecino.

Pasado el verano —la vulgaridad del verano—
el invierno reduce el mundo a dos o tres
emociones esenciales. Papeles, libros,
recuerdos de palabras.
Y luego los sueños; las formas imprecisas
de claridad y dominio.





QUIDDITAS

Uno tras otro
días que pasan en soledad,
escuchando entre los bárbaros de Córdoba
piezas de O'Carolan,
baladas del Fitzwilliam.

Los hechos, lo demás,
el orden y la causa de los actos
apenas son detalles;
un lento pasaje a la periferia.





PENSAMIENTOS DE ENERO

Más que en el espacio real de la ciudad,
los rostros, el sueño,
es en las palabras donde he permanecido,
maleado el tiempo, probado el orgullo.
He supuesto transformar la realidad en realidad
con la ilusión de las palabras.

Ahora reconozco otros procesos
Quizás porque el verano se parece a la nada
Quizás porque el verano agrava la distancia entre el modelo
y el golpe inevitable de los días.
Los silencios llegan encadenados;
ya casi no controlo la idea de importancia.





BITÁCORA

Setiembre, 1989. Mutados en parte de la penumbra
esperando que amanezca
por milésima vez sobre la carne dormida.
sigo mirando el faro, la soledad del fuego.
Atrás quedaron repitiéndose veranos,
cifras y luz, refugios, lealtades:
“Es madrugada en la calle Lamarck;
sólo silencio inunda la calle petrificada,
sólo belleza alumbra la calle
sitiada por la neblina.”

¿En qué barcos van ahora las máscaras eternas,
las palabras eternas, el mismo mármol milagroso,
de era en era, de isla en isla,
de una a otra compasión?

El tiempo, nuestra patria verdadera,
nos arroja cada tanto al mar, el sueño,
la distancia.
No por voluntad o claridad
hace años partimos
hacia una metáfora antigua.

Setiembre, 1989. La guerra es inmutable;
la ilusión de una sola realidad.
Son otros inviernos y veranos,
otros pasados, otros imperios.
Memoria de águilas
en la marea del mundo.

Hubiera querido colgar hombres yo también;
colgados, como cuadros. Una extensa hilera de enemigos.
Una especie de orgullo, de potencia,
un cierto silencio.
Hubieran sido otros, es todo.
Hubiera creído vencer. Y eso también es todo.
. . . . . . .

La sal nos ha vuelto más y menos tolerantes,
más y menos ateos,
más y menos reales. Ahora pasamos dos veces
por el mismo río.
Intuyo que el mar y la noche, y las cosas en general
deben decirnos algo
que no entendemos. Como un satori
que no tuvimos.

Setiembre, 1989. Perdemos el rumbo
bajo lo bello y lo caro,
entre las siete murallas de Buenos Aires.
Ahora relucen las dagas y los cerezos
y todo es correcto y leve,
limpio, como el desierto.





EL DESIERTO DE LOS TARTAROS
a H.

El único sueño,
la única vista, la sola belleza que llega a una torre
a una celda en el ala de un fuerte
siempre es un hecho incierto, difuso, fragmentado.
Más lejos, sin embargo,
donde la vista no alcanza,
donde el sueño se multiplica,
se mueven el demonio, la sangre,
las otras lunas.
Todas las almas que lleva una persona,
las que nadie, ningún humano en un fuerte
jamás llega a imaginar. Aquellas que vagan
o trascienden para siempre. Solas.
No los espejismos.





TYKHE

Sé que la pasión que la historia permite
se desgasta como Keops, la bella Cartago, Alejandría,
los Imperios.
Y que siempre llegan días diferentes,
cuerpos, matices,
palabras idénticas
que trae la marea

ma chi ha veduto la luce non se priva, es cierto
y quien ha visto la sombra no duerme.
Hacen ambos lo mismo:
esperan.





FINISTERRE II

Hicieron falta dos muertes y el azar
para llegar aquí, 800 kilómetros al norte de nada.
Un valle cruzado por un río.
Acá trabajo, traduzco, leo.
Odin cae el Ragnarök, en la planicie de Vigrid...
Acá están la música y los libros, el tiempo,
las imágenes que no podrán evitar la dilución.

El invierno empieza a bajar al valle;
la luz se va haciendo aceptación, misericordia.
En estos sitios,
en estos casos de montañas e ignorancia,
se invoca el pasado:
un frío particular, un cuerpo preciso,
una extraña ciudad a orillas del Mar Dulce.

Y sin embargo, nada hay fuera de las cadenas. Ni los muertos,
ni el mar apagado, ni el este ni el oeste,
o la sombra, la esfinge,
el beso definitivo, la víspera helada.





ATILA

El tiempo ha sido bronce, barro, piedra, fuego y azar;
días irrelevantes, campañas de invierno,
sombras y luz.
Parecemos obligados a buscar un absoluto.

El tiempo, que fue victorias efímeras y pérdidas efímeras,
separa dos razas entre hombres:
los que agotaron la vida con astucia, bien o crueldad,
y permanecen un poco en la memoria de otros,
en el juicio innecesario de otros

Y nosotros la Hiedra,
menos que nombres que nunca han existido: Otelo,
Dédalus, Kurtz, Erdosaín...
Creemos —siempre creímos— que distinguir lo malvado
y lo mediocre nos redime. Tal vez.
Sin embargo, nuestro único absoluto es el olvido.
Gerardo Gambolini, Atila y otros poemas, Libros de Tierra Firme, Bs. As., 2000