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sábado, 13 de febrero de 2010

ATILA Y OTROS POEMAS




I


Creo en la Noche y la Discordia, la Ira
las Parcas
Y en Zeus, dueño del rayo
y algo degenerado.

Imagen
y semejanza.





PUEBLOS

Qué importa el mundo en Quijano
Guachipas, Huacalera
o qué importaba en Auxerre aquellos días?
Vino, liebres
y bruma.

Qué importan Quijano, Guachipas
o aquellos días de Auxerre
en el mundo?





El viento dice: "Soplo sobre la vasta ciudad
la calma demolición de la niebla.
Soplo sobre la vasta ciudad de las cenizas."
Ciudad de las cenizas.
Cenizas.
Rincones de la aldea.

Puentes amargos, pasajes admirables,
hojas de plátano barridas;
calles en que la luz es falsa y atrayente.
Hay un espíritu aquí?
En cada piedra, en cada solitario, en cada imperfección?
Hay un orden aquí para las almas,
los cuerpos, los oficios, los jóvenes
imbéciles?

Ay de nosotros, sepulcros blanqueados!
Una radio triste en madrugada
arrojando la oscura eternidad
contra los ojos.

El viento dice: "Soplo sobre la vasta ciudad
de las cenizas."
Quedan el aire que sudó la oligarquía,
la imitación de los pobres,
las casas de Olivos y Belgrano,
el flirteo banal
de las parejas en la noche.





RELACIONES

Todos traemos el pasado hasta la mesa;
bromas, ideas. Conductas que no cambiaron,
ni cambiarán con el tiempo,
y el silencio especial que permanece, velado y obvio,
en el silencio de siempre. Euforia y melancolía.

El tiempo debería ser una emoción intolerable,
un estudio paciente.
En cambio cenamos. Repetimos el ciclo de todo lo que existe.
Más tarde, sabremos que haber o no logrado algo,
pensar de un modo u otro -incluso no pensar- carece de importancia.

Nuestras figuras se atraen o se rechazan, eso es todo.
Esto se aprende despacio y luego se olvida.
Tal vez hubiéramos deseado haber dicho palabras diferentes,
agregarnos a una lista de muertos honorables; y lamentamos
tal vez, el paso del tiempo.
Seguimos a mares de la vida.
Los días se parecen a nosotros: nacen y caen, brillan
y la noche los borra.
Nos abrazamos, Helga. Nuestra pequeña cama en este lugar incierto.

Preguntaré otra vez a qué nos conduce todo esto,
qué glaciar ignorante y eficaz
sepultará los huesos bajo su vientre blanco;
los huesos de mis hijas. Soñamos, tal vez. Dormimos
dormimos





La proa se hunde y se alza: esto es
el ciclo más simple del dolor. Voces que faltan,
ojos que faltan en la vida.
Barcos que llegan o parten a destiempo.
Y luego pensar una pasión, fingir una pasión,
desear una pasión.
Soportar la soledad que imaginaron otros hombres.

Qué podría salvarnos del olvido?
Ni fantasías piadosas, plegarias,
pinturas en la piedra
Ni el amado esplendor de las ciudades.
Ante nosotros el mar,
el cuerpo cansado,
las semanas eternas como islas.
Y el aire de los pulmones se mezcla con cada punto oscuro
de la noche. Un haz de huesos
en delicado equilibrio.





NAVEGANTES

Hubo una Ilión. Escila, Caribdis,
el mar benefactor y perverso,
los dioses enfrentados en la guerra.
Han habido los hidalgos, catedrales,
bosques animados, rehuídos en silencio,
baladas de amantes que se alejan, de espectros, de marinos,
palabras perfectas
como decir que la muerte viene tan callando,
o hizo con sus cabellos un arpa cuyo sonido
derretiría la piedra.

Han habido otras ciudades; tiempos diferentes.
No consideremos que mataban o morían como ahora.

Los muertos, en el pasado, se unen con la belleza.
Uno goza las cosas y lamenta su ausencia.
No hay flaqueza en el lamento.
Nosotros navegamos en este sueño;
aquí hallamos la fuerza.
En este mar miramos el porvenir.


II

HELSINGØR

Las albas son desoladoras.
Afuera en la cubierta que los pájaros rozaban
como balas, o fuegos de artificio,
yo guardaba una lata de cerveza
y miraba de lejos Dinamarca.
Lo real se desvanece, como todo.
Sólo viento cabalgando entre las nubes.





EL VAGABUNDO DE HAMBURGO

I.

Las horas negras había
la nieve en la calle
el cumpleaños de unos espectros

triste había
como un árbol en palermo o la costanera
mirando el río

las horas negras había
el claro de luna
las sombras de las iglesias

II.

Solo doy vueltas en la ciudad ahora
Si lentamente cayera
la última noche también en este infierno

el de los santos y los cretinos
el de los hombres tristes
y el profundo rostro de algunas mujeres

Otra cara de la muerte era la mía
otra la ropa
otra cara de la muerte era el ruido.

III.

Las horas blancas había
la risa y la música en los escotes hondos
y las monedas

como campanas sin trabajar
como relojes lánguidos
o bancos de bruma

las horas blancas había
el claro de luna
las sombras de las iglesias





PLAYAS

Retengo imágenes de entonces: el agua, los médanos
el sol en las escolleras,
el aire oxidando las bicicletas abandonadas.
Hablamos tanto durante días.
Nos clava la ironía. Tampoco era el cielo.
Ahora pierdo palabras cada año.
No amo a los hombres.
No odio a los ricos.
No lucho. No soy Quijote.

Ah, que pase el tiempo!
Siento, como los viejos, gran gozo
enorme tristeza al recordar.
Que pase el tiempo.
Y que el verano nos lave.





VIGILIA

Paisaje pobre en realidad:
balcones poblados,
ventanales abiertos a la brisa,
batas en la blanda piel de las mujeres.
Esto es un cuarto bien iluminado en un barrio decente.
El año del jabalí.

Acabo de cenar.
Todas las tormentas aquí soy yo.
Todo lo sucio y lo limpio soy yo a la medianoche,
mientras la niña duerme
y Helga duerme.
Es siempre así, antes de la batalla.
Qué batalla, pregunto. Qué grave enemigo.





BRISTOL

La brisa sopla del norte
suave y salina;
lejos de todo
el Atlántico descansa
meciendo peces

Velas del mar
dormido en los primeros calores de setiembre.

Prefiero seguir en esta mesa
dejando el tiempo mientras un mozo me sirve.
Miro la rambla,
los cuerpos tirados en la arena,
el pálido color de una sombrilla.

Las nubes trabajan lentamente;
lejos de todo
el Océano descansa

Pasan penélopes perdidas.





TRENES

Más tarde, en otra ciudad de tantos campanarios, oí un tañido.

Era la torpe nostalgia de los viajantes
por cosas que en realidad no me importaron nunca:
el vino que nunca tomo,
los barrios de los que siempre escapo,
la calidez malvada de la gente.

Nostalgia, dije, o fiebre. No hay mejor irlandés
que el de la Tierra del Fuego,
mejor inglés que el de Bombay o Alejandría,
mejor argentino que el de la Europa culta, arrogante
frívola y tirana.
Como nosotros, ciega.

Fue sólo el tiempo, la ingenuidad,
el gusto de cruzar una frontera:
cualquiera sabe que las cosas ocurren en todos lados
con nombres igualmente evocadores.
Nombres que uno siempre se repite.





Terminados los viajes, aquietado el tiempo
y casi olvidado el aire de madrugadas
brillantes e indignas,
el desparpajo que uno pierde solamente
por imbécil

escribo ahora, no desde el mundo,
no desde el drama, la risa
o la victoria, o la derrota del mundo,
sino desde el fuerte vencido
de la memoria.

Asfalto, calles, caminos,
la forma de las casas y los mares,
y los muelles, y las ruinas,
y las fotos, y las fotos de los muertos.
Sobre todo las fotos de los muertos.

Los años pasaron desde entonces.



III

I moan in sleep when I hear afar
their whirling laughter
—Joyce
Levanta el día
Que nuestro rey borracho festeje otra victoria.
Qué calle es esta donde camino,
qué gente es esta que grita
bailemos! como rapiña

Cualquier huída tendr auditorio,
cualquier hastío.
Ninguna playa calmará el exilio.
Sólo cadenas esperan en las esquinas;
sólo sirenas

Qué gente, qué ira, qué río feroz una mañana
son estos?





CRUZADOS

Octubre oculto por el rocío.
El orgullo abatido en una roca,
el yelmo transpirado en las rodillas.
Oh, hermosa nada, donde era fácil,
donde el Señor mostraba su eterno rostro!

Ahora volver, habiendo fallado.
Vigilar el abrazo inarmónico del tiempo,
avanzar como quien vaga en un abismo,
llegar a la oscura habitación
de nuestra carne.

Ahora volver a la costa castigada,
hacer la provisión para el invierno,
repetir cada crepúsculo cansado: aún estamos vivos,

aún estamos vivos.





LE CHAT NOIR

Tunas y lobos y águilas rotas
por el cantar de la luna.

Las secas mujeres en los hombres sordos
bajo la nieve;
oh blanda, inmaterial, tiznada,
blanda nieve tiznada por el carbón
y el oro

Tunas y águilas altivas.

La luz detenida en los ángeles,
las cúpulas rotas, las faldas bailarinas.
Cantando los tomadores, segando el invierno.
Luego las sombras,
las lenguas

Y el corazón de la noche.
El barro en el barro.
Los siete cálices en el caballo asesino.





POENA DANNI

No tengo fuerza ni fe
para ganar el cielo de los católicos.
Supongo que hice méritos
para el fuego que preparó el demonio
con sus ángeles - hermosos,
hasta pecar de soberbia.
Un infierno fétido y estrecho.

Acaso haya un dios menos importante,
un cielo más bajo,
sencillo, paralelo.
Un dios que nos considere:
los hombres de la carne y de la duda,
los que sin fuerza ni fe
soportamos el paso por la tierra.
O el tiempo.

La tierra que nadie hizo.
El tiempo, que un tirano pensaría.





FAILED SHOGUN

Aunque débiles, pálidos,
tengo unos pensamientos
aún; leña, guijarros,
toses de la vigilia.
Por ejemplo, me habrás mirado esa vez
con gusto fingido,
con el sopor de novia?
Te habrá pasado el tiempo igual que a mí?
El tiempo o nosotros han pasado, es cierto,
y tanto da...

Hace un año en diciembre
junto a una actriz dormida,
ingenua y desnuda,
yo esperaba el paso de los aviones:
Sobre el violeta nevado de los techos,
en el temor de la noche,
leyendo un libro.
“Cuando una guerra estalla, la gente dice:
No va a durar, es demasiado idiota.”

Ah, viajar...
Probar el agua de los hoteles.
El sol asoma lentamente.
Cerezos en flor.

Gaínza, Pilon, Karl Johans,
calles vacías.
Ante una hoja en blanco me siento y escribo.
Más vieja es la bruma ahora
que vino el invierno,
las casas, la orilla,
el parco número de voces.





INOCENTES

Llegamos a esto: una áspera luz,
una cama de hierro,
un ropero de estilo. Y espejos.
Estamos atados a un raro mecanismo.
La sangre, las palabras, el ritmo de las cosas.
Serpiente y bruma.
Démonos besos ahora.

Veo caer las piedras de nosotros.
Un juego sobrio, una mutación interesante.
Es notable,
son patéticas las cosas.
Después es tiempo, paciencia, ingenuidad,
indignación, estupidez,
talento.



IV


‘Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas’, dijo Clea en una ocasión:
Quererla, sufrir o hacer literatura’
—L. Durrell





No fuiste nunca una mujer
que se sentara en silencio a mirar un jardín
detrás de un vidrio
ni que asomara con gracia por los pasillos
de un viejo departamento
ni fuiste jamás una mujer
—la sombra de una mujer—
que caminara entre muebles y adornos con orgullo
pena o decoro como en los cuadros ni audaz
buena
torpe o alegre como una joven,
o al menos callada.
Madera, mármol y terciopelo.
En lugar de estos sueños
no fuiste humilde ni delicada
sino la empleada de un escribano
esperando que pusiera su mano entre tus piernas.





SOLEDADES

Pienso en nuestras húmedas reuniones
al final de un pasillo
bajo la sórdida luz y el incienso.
El humo asciende de los cuerpos
sin juntarse jamás.
Sólo neblina
Ni etéocles ni polínice. Ni siquiera atavismo.





LAZY SUNDAY AFTERNOON

Funesto fue no conciliar.
No conciliar, por ejemplo, nuestra vida
reducida a un espacio de ochenta cuadras
—excluídas las vacaciones—
con nuestro rechazo exasperante,
hacia la hora de la siesta.

Y el horizonte perfecto,
el dinero ahorrado para nada,
el futuro pasar de los domingos.
No hubo nada peor que los domingos.
Creo que la vida es un sistema
de pensamientos crueles.





Esperar la marea. Oh muerte, muerte
Siempre la nieve dentro del grito.
Reducido sin más a rescatar las velas
con el muñón de una delicia.

Te encuentro en la última calle
a regalarte una hebilla valiosa como la furia
o el tiempo gastado para siempre
para siempre.
Pero nunca vienes a la cita

Lo que es grave como el mar
y doloroso.





Perfecto, Catulo,
lo que dice una mujer
hay que escribirlo en el viento
sobre la onda que huye.
También lo que pensamos,
lo que enseñamos como oráculos falibles.
Sueños, arena.
Lo que juntamos entre las albas
Sobre la onda que huye.





PRESAGIO

Canta, oh diosa, la cólera
la gran pérdida de Helga
Oh noche endeble, canta la pérdida de Helga, la noble
la turra. La aún hermosa
Canta, oh luna, la cólera, el deseo

Canta por fin, oh viento
la suerte de Helga, la miserable
la fuerte y altiva,
la que ha partido
la de su amante necio.



Non trovo scudo ch'ella non mi spezzi nè loco che dal suo viso m'asconda —Dante


Hénos aquí, mortales,
vulgares,
entre restos de honor y de virtud.

Alás, perfecta,
estúpidamente oculto en el lenguaje
he entrado siempre en la pasión
como en un reino malsano.

La distancia de tu cuerpo no hiere menos
que tu espíritu en fuga.

Pegaste, putísima, como los púgiles diestros,
fuerte, seco,
en el momento justo.





CIRCE

Ahora que ya no existes
que apenas eres una idea que entibio
como el opio
Te retiro el derecho de usar mi alma.
Soy voluntariamente libre
para escandalizar mi vida en el dominio
de otra esfinge;
¡Mi vieja Circe, me purifico!

Tu favor me importó más que la muerte
pero el azar ordena un poco el movimiento.
Ahora quiero cifras; cifras y viages egeos
en compañía de mi fortuna.
Ya no hay rencor en mi palabra.
Yo soy ahora el arqueólogo delfín disfrutando a gusto
del espacio
y tú, probablemente,
la misma mujer hermosa de la urbe.





TROBA DE MALDECIR

Dulce amor
el otoño nos dejó sangrando
y se fue bastante
Ahora
véte con tu cazador
si te ofreció comida
entre tanto destino.



V


Apenas un baño en este hospital
interrumpe el silencio
de la luna

Ha muerto
ha muerto y no llueve
y nosotros

abriendo la niebla de la mañana
unidos por el miedo.





FINISTERRE

I - El río, los cambios de luz y de estación,
las casas que sugieren un pasado decoroso.
Sólo un opaco fragor
de los asuntos humanos.
Es cierto, las noches son más frías
y el tiempo se demora entre los bancos de niebla.

La ira parece innecesaria; persiste apenas
la ausencia del mar,
la impresión de vidas y de muertes que se hilvanan
a un mismo nacimiento.

II - Un plato, un vaso, una silla;
un cielo insulso y leve, blanquecino.

Pasado el verano —la vulgaridad del verano—
el invierno reduce el mundo a dos o tres
emociones esenciales. Papeles, libros,
recuerdos de palabras.
Y luego los sueños; las formas imprecisas
de claridad y dominio.





QUIDDITAS

Uno tras otro
días que pasan en soledad,
escuchando entre los bárbaros de Córdoba
piezas de O'Carolan,
baladas del Fitzwilliam.

Los hechos, lo demás,
el orden y la causa de los actos
apenas son detalles;
un lento pasaje a la periferia.





PENSAMIENTOS DE ENERO

Más que en el espacio real de la ciudad,
los rostros, el sueño,
es en las palabras donde he permanecido,
maleado el tiempo, probado el orgullo.
He supuesto transformar la realidad en realidad
con la ilusión de las palabras.

Ahora reconozco otros procesos
Quizás porque el verano se parece a la nada
Quizás porque el verano agrava la distancia entre el modelo
y el golpe inevitable de los días.
Los silencios llegan encadenados;
ya casi no controlo la idea de importancia.





BITÁCORA

Setiembre, 1989. Mutados en parte de la penumbra
esperando que amanezca
por milésima vez sobre la carne dormida.
sigo mirando el faro, la soledad del fuego.
Atrás quedaron repitiéndose veranos,
cifras y luz, refugios, lealtades:
“Es madrugada en la calle Lamarck;
sólo silencio inunda la calle petrificada,
sólo belleza alumbra la calle
sitiada por la neblina.”

¿En qué barcos van ahora las máscaras eternas,
las palabras eternas, el mismo mármol milagroso,
de era en era, de isla en isla,
de una a otra compasión?

El tiempo, nuestra patria verdadera,
nos arroja cada tanto al mar, el sueño,
la distancia.
No por voluntad o claridad
hace años partimos
hacia una metáfora antigua.

Setiembre, 1989. La guerra es inmutable;
la ilusión de una sola realidad.
Son otros inviernos y veranos,
otros pasados, otros imperios.
Memoria de águilas
en la marea del mundo.

Hubiera querido colgar hombres yo también;
colgados, como cuadros. Una extensa hilera de enemigos.
Una especie de orgullo, de potencia,
un cierto silencio.
Hubieran sido otros, es todo.
Hubiera creído vencer. Y eso también es todo.
. . . . . . .

La sal nos ha vuelto más y menos tolerantes,
más y menos ateos,
más y menos reales. Ahora pasamos dos veces
por el mismo río.
Intuyo que el mar y la noche, y las cosas en general
deben decirnos algo
que no entendemos. Como un satori
que no tuvimos.

Setiembre, 1989. Perdemos el rumbo
bajo lo bello y lo caro,
entre las siete murallas de Buenos Aires.
Ahora relucen las dagas y los cerezos
y todo es correcto y leve,
limpio, como el desierto.





EL DESIERTO DE LOS TARTAROS
a H.

El único sueño,
la única vista, la sola belleza que llega a una torre
a una celda en el ala de un fuerte
siempre es un hecho incierto, difuso, fragmentado.
Más lejos, sin embargo,
donde la vista no alcanza,
donde el sueño se multiplica,
se mueven el demonio, la sangre,
las otras lunas.
Todas las almas que lleva una persona,
las que nadie, ningún humano en un fuerte
jamás llega a imaginar. Aquellas que vagan
o trascienden para siempre. Solas.
No los espejismos.





TYKHE

Sé que la pasión que la historia permite
se desgasta como Keops, la bella Cartago, Alejandría,
los Imperios.
Y que siempre llegan días diferentes,
cuerpos, matices,
palabras idénticas
que trae la marea

ma chi ha veduto la luce non se priva, es cierto
y quien ha visto la sombra no duerme.
Hacen ambos lo mismo:
esperan.





FINISTERRE II

Hicieron falta dos muertes y el azar
para llegar aquí, 800 kilómetros al norte de nada.
Un valle cruzado por un río.
Acá trabajo, traduzco, leo.
Odin cae el Ragnarök, en la planicie de Vigrid...
Acá están la música y los libros, el tiempo,
las imágenes que no podrán evitar la dilución.

El invierno empieza a bajar al valle;
la luz se va haciendo aceptación, misericordia.
En estos sitios,
en estos casos de montañas e ignorancia,
se invoca el pasado:
un frío particular, un cuerpo preciso,
una extraña ciudad a orillas del Mar Dulce.

Y sin embargo, nada hay fuera de las cadenas. Ni los muertos,
ni el mar apagado, ni el este ni el oeste,
o la sombra, la esfinge,
el beso definitivo, la víspera helada.





ATILA

El tiempo ha sido bronce, barro, piedra, fuego y azar;
días irrelevantes, campañas de invierno,
sombras y luz.
Parecemos obligados a buscar un absoluto.

El tiempo, que fue victorias efímeras y pérdidas efímeras,
separa dos razas entre hombres:
los que agotaron la vida con astucia, bien o crueldad,
y permanecen un poco en la memoria de otros,
en el juicio innecesario de otros

Y nosotros la Hiedra,
menos que nombres que nunca han existido: Otelo,
Dédalus, Kurtz, Erdosaín...
Creemos —siempre creímos— que distinguir lo malvado
y lo mediocre nos redime. Tal vez.
Sin embargo, nuestro único absoluto es el olvido.
Gerardo Gambolini, Atila y otros poemas, Libros de Tierra Firme, Bs. As., 2000